sábado, 28 de diciembre de 2013

Lo mejor del 2013 (y una posdata)



Regreso a mi blog después de mucho tiempo, debido a ocupaciones académicas muy especiales y absorbentes. Ahora espero dar a este espacio la mayor frecuencia posible. Estas son mis listas de películas favoritas del 2013 sin ningún orden en particular:

Top 10: Cartelera comercial
Antes de la medianoche (Richard Linklater)
Django sin cadenas (Quentin Tarantino)
El llanero solitario (Gore Verbinski)
Amor (Michael Haneke)
Titanes del Pacífico (Guillermo del Toro)
The master (P.T. Anderson)
El conjuro (James Wan)
César debe morir (Los hermanos Taviani)
La noche más oscura (Kathryn Bigelow)
Posesión Infernal (Fede Alvarez)

Top 20: Circuito alternativo (Festivales, Internet, DVD, etc.)
Pendejos (Raúl Perrone)
Leviathan (Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel)
Copia certificada (Abbas Kiarostami)
Heli (Amat Escalante)
La jaula de oro (Diego Quemada-Diez)
Las historias que contamos (Sarah Polley)
The lunchbox (Ritesh Batra)
The act of killing (Joshua Oppenheimer)
Vidrios rotos (Victor Erice, episodio de “Centro Histórico”)
La casa Emak Bakia (Oskar Alegria)
Mapa (León Siminiani)
5 broken cameras (Emad Burnat y Guy Davidi)
Fango (José Celestino Campusano)
Locaciones: Buscando a Rusty James (Alberto Fuguet)
Passion (Brian De Palma)
A touch of sin (Zhangke Jia)
La gran belleza (Paolo Sorrentino)
Les salauds (Claire Denis)
Closed curtain (Jafar Panahi)
Soft in the head (Nathan Silver)

PD: Me sorprende de las listas de “lo mejor del 2013”, en distintos medios internacionales, la aparición recurrente de películas que me parecieron sumamente decepcionantes. No pensé que Korine pudiera hacer algo peor que “obras maestras” suyas como Gummo. Los discursos ingenuos, así como los personajes simplones y esquemáticos, de Viviendo al límite (Spring Breakers), me resultaron insufribles.

Upstream color de Shane Carruth es una cosmética y sosa marcianada sci-fi sobre chanchitos. Cómo extrañaba las películas de Babe cuando la vi.

El desconocido del lago tiene algunos momentos de logrado aire sensual, pero en esencia no es más que un thriller que avanza de forma predecible y con uno de los personajes detectives más irrisorios que alguna vez he visto en el cine. El final abierto de la película de Alain Guiraudie no es más que una coartada arty para una cinta de narración muy básica.

Frances Ha de Noah Baumbach tiene sus momentos de buenos diálogos y de cierto carisma por parte de Greta Gerwig. Aunque más recuerdo la película por una suma de escenas en las que cinematográficamente “no pasa nada”.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cine peruano: “Rocanrol 68” y “El evangelio de la carne”



Ambas son películas de estilos y búsquedas muy distintas. El nombre de la última cinta de Eduardo Mendoza de Echave nos lleva a pensar justamente en un “evangelio”, pero que no resulta ser la narración de un ser divino y mesiánico, sino de personajes terrenales, mundanos y por eso mismo carnales. El largometraje hilvana tres historias y las cruza de un modo próximo a como lo hace González Iñárritu en cintas como “Amores perros”.

Son los cuerpos los que definen a los personajes y a su destino trágico. Un policía (Giovanni Ciccia) sufre un conflicto pasional, cuida la anatomía enferma de su esposa, mientras fantasea con explorar la piel joven de una menor de edad; un hombre avanzado en años (Ismael Contreras), culpable de la muerte de varias personas en un accidente de tránsito, tatúa en su espalda la figura del “Señor de los Milagros”, y a la vez trata de ingresar a la hermandad que adora dicha imagen religiosa; un chofer de combi y barrista del club “Universitario de Deportes” (Sebastián Monteghirfo), posee las marcas de su fanatismo deportivo, con la “U” rapada en su cabeza, y carga con la culpa de tener a su “propia sangre”, su hermano, en la cárcel, por hacerlo parte de algunas actividades de su barra.

“El evangelio de la carne” narra así el “vía crucis” de seres opacos, casi a la deriva, y marcados por la culpa. Lo mejor de la película está en la fotografía mortecina, de aire luctuoso, que envuelve a sus personajes marcados por la desgracia; en la edición dinámica y vigorosa, que parece sacudirnos con esa misma fuerza del destino que pone a los personajes al borde del abismo; en la consistencia de varias actuaciones, como la de Ciccia y Contreras, pero también la de ciertos personajes secundarios, que están formidables: Lucho Cáceres como un policía de rudeza criolla (es muy bueno aquel momento, de humor tarantinesco, en que dispara de casualidad a un personaje en la boca y su primer comentario es algo así como “chucha, me buitreó”) y Cindy Díaz como una coqueta Lolita de la avenida Wilson.



Sin embargo, hay algunos aspectos en los que “El evangelio de la carne” muestra serias debilidades expresivas. Hacia el final, la película se torna demasiado enfática en su visión de una fortuna adversa, hasta el punto de tornarse absolutamente previsible. La “mala suerte” de los personajes principales se siente tan marcada, constante y evidente que uno siente ver, cerca al término del metraje, una mera acumulación de escenas de desdicha. Sebastián Monteghirfo por momentos parece olvidarse de su personaje. En ocasiones busca hablar como un chofer de combi que le gusta decir “ya pe caushita”, en otro su dejo más bien parece el de un muchacho miraflorino.

UNA COMEDIA HIPSTER E INFANTIL
“Rocanrol 68” de Gonzalo Benavente Secco, a diferencia, se aleja del tono aciago de “El evangelio de la carne” y se presenta como una comedia teenager, de espíritu pop. Tres adolescentes piensan en cómo conquistar chicas en el barrio de La Punta, año 1968. Los personajes masculinos más importantes de la película reflejan la multiplicidad de referencias con las que juega: Manolo (Sergio Gjurinovic) es el muchacho que aprecia su vida como una fuera una película; Guille (Jesús Alzamora) es el chico obsesionado con el rock; y Bobby (Manuel Gold) es el amigo de movimientos cómicos y bufonescos, que parece salido de algún slapstick o cartoon.

La fotografía está dotada de tonos blanquecinos, como si imitara la calidad de algunas viejas imágenes deterioradas por el tiempo pero guardadas con afecto. Sin embargo, el largometraje enfatiza su carácter de artificio cinematográfico, en tanto los personajes realizan constantes referencias al mundo contemporáneo, en el que ya ha existido un presidente de raza negra en  Estados Unidos y la mujer occidental ha logrado una mayor independencia. Parte del humor de “Rocanrol 68” consiste en palabras dichas con velocidad de screwball comedy, y asociadas a lo distinta que es nuestra vida en comparación con aquella de fines de los sesenta, pero también en el candor con que homenajea a películas o músicos.   

Cuando vemos que aquellos personajes guardan silencio con Emma (Mariananda Schemp) y se suspende el sonido de toda película, y que a continuación realizan un baile en el “Tip Top” de la avenida Arenales, en clara referencia a “Banda aparte” de Godard; o que Manolo, según lo que recuerdo, imita con lapiceros y cajas de fósforo el “ballet” de cubiertos y panes que realiza Charles Chaplin en “La quimera de oro”, notamos guiños cinéfilos que no son realizados con pose snob, sino con la misma ingenuidad que uno siente en los protagonistas.


Algo muy similar ocurre en los homenajes melómanos. El “maoísta” interpretado por Pablo Saldarriaga trata de conquistar a Bea (Gisela Ponce de León) utilizando carteles a la manera del Bob Dylan del video “Subterranean Homesick Blues”, pero lo que vemos es un personaje que al costado de Bobby parece formar una dupla animada, de movimientos cómicamente frenéticos, extraída de la Warner Bros. Por su fisonomía y despliegue escénico, son una pareja absolutamente comparable con la de “Pinky y Cerebro”. Por eso “Rocanrol 68” es una cinta de ambiciones modestas pero que funciona como una buena comedia de entusiasmo hipster y a la vez infantil. En gran parte la película entretiene por el carisma que transmiten la mayoría de sus personajes, y a pesar de alguna escena demás, como la de Aldo Miyashiro, que peca de cliché e innecesaria.  

domingo, 27 de octubre de 2013

"Born Again": testimonio de parte


A tres décadas de un disco injustamente olvidado de Black Sabbath, y que dio vida a un videoclip que fue emitido reiteradas veces en la televisión peruana, durante el año 1983. Este es un texto escrito por un amigo que, además de dedicarse a la crítica de cine, es un amante del buen rock.

Imagen del videoclip "Trashed" de Black Sabbath


Escribe Raúl Lizarzaburu

Setiembre de 1983 en Lima. Eran tiempos sin Internet, sin DVD, sin programación por cable. Gerardo Manuel hacía un breve paso por Canal 9, que convirtió a Disco Club en el Club Nueve unos meses, aunque manteniendo su característica cortina musical al comienzo y al final: AC/DC y Paul McCartney. La televisión por UHF daba sus primeros pasos en nuestro país. Las ultimitas en rock, sobre todo el más caleta, el heavy y el progresivo que no pasaban otras radios, las traía Doble Nueve y, en menor medida, Miraflores. Y con ellas algo que entonces parecía increíble: Black Sabbath se reunía con uno de los más grandes vocalistas del hard rock, Ian Gillan, para lanzar su álbum Born Again, el de la criatura monstruosa en la tapa, con un sonido demoledor, más fuerte que el de cualquier otro trabajo de la banda. Y un gran nivel que quizá no ha tenido el reconocimiento que merece.

Pero vamos por partes. En 1979, un a decir de sus propios compañeros autodestructivo Ozzy Osbourne deja Black Sabbath luego del álbum Never Say Die (que sorprendió con un sonido más melódico, en temas como Junior’s Eyes o Johnny Blade, con sintetizadores), para iniciar su carrera solista con el álbum Blizzard of Ozz y el aporte invalorable del guitarrista Randy Rhoads, fallecido prematuramente. Black Sabbath ocuparía su lugar con el ex vocalista de Rainbow, el hoy finado Ronnie James Dio, quizá con mejores recursos vocales que Ozzy pero sin su aporte creativo y, en especial, sin su imagen. Con él grabarían dos interesantes discos en estudio (Heaven and Hell, Mob Rules) y uno en vivo (Live Evil) en el que interpreta temas de Ozzy, lo que generó opiniones encontradas, y luego del cual Dio y el baterista Vinnie Appice abandonan el grupo, lo que marcaría el retorno de Bill Ward, fundador de Sabbath, junto a sus viejos compañeros Tony Iommi y Geezer Butler en la guitarra y el bajo.

¿Y los temas del Born Again? Ninguno sobra. Comienza con el vértigo de Trashed (y un video que era programado en horario adulto). Stonehenge es uno de los dos instrumentales cortos del disco: su sonido de filme de terror termina con unos latidos que dan paso a los alaridos y carcajadas de Gillan —alternados con un perfecto compás y una letra delirante— en Disturbing the Priest. El otro instrumental breve, The Dark, que hace honor al nombre, empalma con un temazo: Zero the Hero, con un prolongado solo de guitarra de Iommi, que debe ser uno de los mejores de su carrera en estudio. Aparte de Trashed, el otro single de promoción era el potente Digital Bitch, rayano en el metal. Born Again, el tema principal, trae reminiscencias de Santana (percusión incluida) para cerrar con Hot Line, en el que también se lucen Gillan y la zurda prodigiosa de Iommi, y Keep It Warm, más cercano al estilo clásico de Sabbath.

En octubre de 1983, el Born Again alcanzaría el puesto 29 en EE UU y un más auspicioso puesto 4 en Inglaterra (*), pero no bastó para que Gillan se quedara en la banda. En 1984 se reincorporaría al grupo que lo consagró, Deep Purple, para su vuelta con el disco Perfect Strangers y su mejor formación, al lado de Blackmore, Glover, Paice y Lord. Tony Iommi grabaría como solista, pero bajo el ala de Sabbath, el regularón álbum Seventh Star, mientras el cuarteto entraba en un largo silencio. Su segundo aire con la formación original luego de varios años es ya otra historia.

* Fuente: Book of Rock Stars, Guinness Books

lunes, 21 de octubre de 2013

Sobre “Pesadilla en la calle Elm” (y su proyección en UVK Larcomar)



Si bien las proyecciones de varios clásicos en la sala de arte de UVK Larcomar no son en formato DCP, sino, hasta donde tengo entendido, desde un blu-ray, la calidad de imagen y sonido terminan siendo impresionantes. Nos dejan apreciar las películas en su máxima expresión posible, al menos dentro de nuestro país.

Ese es el caso de “Pesadilla en la calle Elm” (1984) de Wes Craven, reestrenada el último jueves. Ante la calidad de proyección, he podido disfrutar aún más de sus virtudes. Y una de ellas es su trabajo con el sonido. El inicio de la película es impresionante, con esos planos de detalle de las manos sucias de Freddy Krueger, aquel sujeto al que se le prendió fuego por abusar de varios niños y asesinarlos. Ceremoniosamente, elabora las cuchillas de su guante, con las que raspará tuberías viejas y máquinas humeantes, que parecen calderas extraídas de algún relato encantado, y creará ruidos que se sienten como chillidos metálicos.  

El hombre de piel quemada, con sombrero y jersey a rayas, busca ser como una bruja que hervirá los sueños de adolescentes, para así alimentarse de ellos. En medio de ese territorio onírico, en el que camina un cordero entre sombras (toda una reminiscencia del cine de Buñuel), se suceden otros sonidos inquietantes: una aparente canción de cuna de melodía tétrica; los jadeos de Freddy, que susurra el nombre de la adolescente que persigue; el rasgado de telas viejas; balidos y llantos de niños.

Que se mezclen aquellos sonidos animales con infantiles, refleja a los menores de edad como corderos a sacrificar por una nueva deidad. No es casualidad que en una de las escenas, Krueger le diga al personaje de Tina (Amanda Wyss), mientras acerca las cuchillas de su guante a su otra mano: “this is God”, procediendo a cortar sus propios dedos. Como un dios, el monstruoso personaje está dotado del arte de la omnipresencia, aparece y desaparece en cualquier rincón, en los sueños o en la realidad.

Cuando el personaje de Nancy (Heather Langenkamp) se queda dormido en su clase de Literatura, se escucha a un compañero suyo leer fragmentos de un libro de William Shakespeare. El dramaturgo inglés tiene una obra en la cual más de un personaje se pregunta por su relación entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, el que se siente mientras uno tiene los ojos cerrados, al soñar, o aquel que percibimos cuando los tenemos abiertos. Así, en otro pasaje onírico del filme, la protagonista ve el cuerpo de Tina encerrado en un bolso transparente de morgue, manchado de sangre, pero parado como si fuera una réplica de alguna imagen de la Virgen María, profanada con insectos que salen de su boca. Por todo ello, el serial killer posee una ubicuidad de macabro aire religioso.

“Pesadilla en la calle Elm” es cruda y violenta, con algunas imágenes espectaculares, como la de Jhonny Depp siendo absorbido por su cama y licuado, convertido en un chorro de sangre que explota sobre el techo de su habitación. Sin embargo, los momentos más gore de la cinta suelen ser precedidos por no solo por aquellos sonidos escalofriantes, sino por una atmósfera tenebrosa, de sombras que se proyectan como provenientes de alguna cinta fantástica de Jacques Tourneur. Las escenas más brillantes de la cinta son aquellas en las cuales Freddy Krueger emerge de una oscuridad fantasmal, como un cuco de brazos que mutan en tentáculos gigantescos, o que corta su carne para revelar sus entrañas viscosas y nauseabundas. El mal en la película se sugiere en encuadres lóbregos, que avanzan con movilidad laberíntica, para finalmente aparecer con brutalidad.

Una serie de escenas y giros narrativos de “Pesadilla en la calle Elm” le deben mucho a Alfred Hitchcock. Al inicio del filme, Tina parece ser quien será la protagonista, sin embargo muere a la media hora de avanzada la película.  Por otro lado, en una secuencia, Nancy es atacada en una bañera. Los recuerdos de una Janet Leigh, destinada a ser la protagonista de todo el metraje de “Psicosis” pero muerta a la mitad, y además atacada en un espacio tan íntimo como el baño, vienen a nuestra memoria cuando vemos el mítico filme de Wes Craven. Pero la cinta que mostró por primera vez a Freddy Krueger tiene otros ingredientes que la hacen única.





lunes, 30 de septiembre de 2013

El mito del cine independiente peruano



El martes 10 de setiembre participé en un debate, organizado por el cineclub P-19, ubicado en el local de la Ajep (Asociación de Jóvenes Españoles del Perú), en el que se tenía que responder a la siguiente pregunta: ¿existe el cine independiente peruano? En el número 7 de “Ventana Indiscreta”, la revista de cine que edito, se trató ese tema en extenso. Por ello, y tomando en cuenta que hay dos definiciones típicas de lo independiente (aquel cine hecho fuera de una industria cinematográfica, o ese cine que toma distancia de una narrativa canónica, que caracteriza al grueso de las producciones hollywoodenses), recabé algunos datos de esa edición para resolver la interrogante:

-    La dependencia económica no va necesariamente en contra de la independencia expresiva. Akira Kurosawa trabajó para la Toho Film, la gran compañía japonesa. Ingmar Bergman, por su parte, hizo lo mismo para una importante empresa cinematográfica de su país: la Svensk Filmindustri. Directores tan personales como Coppola, De Palma, Allen o Scorsese formaron parte del “Nuevo Hollywood”. Y otro tanto podríamos decir de realizadores como Tim Burton o Christopher Nolan, que poseen un universo muy singular en obras situadas en el corazón de la gran industria norteamericana.

-    El bajo presupuesto no necesariamente es una característica del cine independiente. Las películas de escaso presupuesto formaron parte del sistema de producción hollywoodense entre los años treinta y cincuenta, a raíz de la “Gran Depresión”. Una producción hollywoodense de la RKO como la cinta de horror “La mujer pantera” (1942) de Jacques Tourneur es tan “serie B” como “Detour” (1945), aquel clásico del cine negro, dirigido por Edgar G. Ulmer, de la productora independiente PRC. Que en el Perú se haga un cine de mínimos recursos en lo absoluto sería algo que le dé el carácter de independiente. Pero, además, si apreciamos los valores de producción que tiene una cinta tildada de “independiente” como “El cisne negro” (2010) de Darren Aronofsky, con su presupuesto aproximado de 13 millones de dólares, pues nos daremos cuenta que el cine usualmente referido como indie no necesariamente implica una economía limitada.   



-    La idea de un cine independiente sólo es clara en Estados Unidos de Norteamérica. Si existe un estudio cinematográfico que trabaje fuera de Hollywood, pues puede ser considerado independiente. Pero esa es una figura que en nuestro país no existe. El Perú no tiene una industria cinematográfica. Ni siquiera un organismo sólido que haya asegurado de la forma debida la entrega de premios a una serie de proyectos de películas. Pero, además, retomando el punto anterior, el hecho de recibir alguna clase de apoyo económico por parte del Estado tampoco va en contra de una independencia expresiva. El cine de Claudia Llosa o Héctor Gálvez es tan “expresivamente independiente” como el de Rafael Arévalo o Juan Daniel Molero. Parte del cine de Armando Robles Godoy, un personaje tan emblemático del cine de autor en el Perú, estuvo sustentado económicamente por el empresario Bernardo Batievsky (a propósito de ello, pueden revisar el interesante documental que realizó Andrea Franco, su nieta, sobre él, llamado “Cuéntame de Bia”).  Recordemos, por cierto, que hay un cine experimental norteamericano y canadiense que recibe apoyo estatal.

-    Expresivamente, hablar de un cine independiente es inútil en el caso de nuestro país. La expresión “cine independiente” se emplea de forma tan arbitraria y antojadiza que resulta elástica, aplicable a casi cualquier cosa. Por ello, si de lo que se trata es de hablar de un cine que se aleja de un modelo narrativo clásico, pues podemos aplicar otros conceptos, que son mucho más claros y precisos. Podemos hablar de un “cine moderno” para señalar películas en las cuales se quiebran las convenciones de una narrativa tradicional, a través de tiempos muertos, actuaciones desdramatizadas, finales abiertos, trazos minimalistas etc. Pero esos son rasgos que podemos encontrar en películas peruanas que pueden haber recibido o no algún dinero del Estado. Tanto “El ordenador” de Omar Forero como el “El limpiador” de Adrián Saba (la primera, a diferencia de la segunda, no concursó por premios ofrecidos por el Estado) encajan dentro de los patrones de un cine moderno, por dar dos ejemplos puntuales.

“El espacio entre las cosas” de Raúl del Busto también es una película que obtuvo un premio de distribución por parte del Ministerio de Cultura, el año pasado. Y es una cinta de rasgos experimentales que muestra una absoluta independencia expresiva, al debilitar cualquier componente narrativo. Si bien posee una voz en off  que cuenta la historia de un policía inmerso en el mundo del budismo zen, las imágenes se encadenan a la manera de un sueño, de un modo no lineal o plasmando en tiempo presente lo que dicha voz describió en momentos previos. Lástima que después de 20 o 30 minutos el trip cinematográfico que se anunciaba vaya desinflándose. El largometraje, al final, muestra una menor consistencia que los firmes globos de feria que aparecen al inicio. La fuerza expresiva de sus primeras imágenes, de aire místico y alucinatorio, se va perdiendo porque “El espacio entre las cosas” no cuaja un estilo uniforme. Combina, después de ciertos toques “trascendentales”, imágenes de una tribu, discursos sobre el yoga y música rock sin ton ni son.


Por ello, hablar de lo “independiente” en el cine peruano es una mera etiqueta, insustancial y gaseosa. Apenas es una expresión que sirve, por ejemplo, de bandera para ciertos festivales de cine en la región, pero que solo es útil para referir un cine “distinto del mainstream” de un modo muy vago y general. Si de lo que se trata es que la palabra “independiente” diga algo sobre las formas estéticas o de producción de películas peruanas, no llegaremos a ninguna parte. Tal vez a una conclusión tan simple e intrascendente como esta: prácticamente todo aquel cine que se haga fuera de Hollywood, en cualquier parte del mundo, sería independiente.  

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El conjuro: un horror de otros tiempos




James Wan, el realizador de ascendencia malaya, está familiarizado con el horror y sus extremos. En Juego macabro nos somete a visiones casi pornográficas de la tortura. La noche del demonio, por su parte, se aleja de las imágenes sádicas de la saga Saw, para introducirnos en territorios espectrales.

El conjuro, su última cinta, recoge tanto la crudeza como el animismo que habíamos apreciado en sus largometrajes anteriores. Basada en un caso de la vida real, la película muestra a los Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga), una pareja de esposos dedicados a la investigación de fenómenos paranormales, que deciden ayudar a una familia en apuros por el espíritu de una bruja que habita su casa.

El horror en la película recorre casi todos los sentidos: los personajes lo ven en esa muñeca de superficies desgastadas y sonrisa diabólica, hermanada con el Jigsaw de Juego Macabro o el títere de Dead silence; lo huelen en el viento, que esparce un olor sepulcral; lo escuchan en esas puertas que se abren y crujen lentamente; lo sienten en la piel, como una fuerza invisible que lacera el cuerpo, dejando moretones.

El largometraje de Wan nos absorbe en su mundo embrujado, de pasajes tenebrosos y viejas cajas musicales, porque aquella fuerza maligna que aqueja a una familia invade no solo los ruidos de su hogar, sino también sus visiones, su tacto y hasta el aire que respiran. El conjuro muestra un mal omnipresente, pero que a la vez, como ocurría en La noche del demonio, pervierte la inocencia infantil, la oscurece. Aparece de forma escalofriante, aplaudiendo como lo hacen los niños mientras juegan a las escondidas, o asoma en esos encuadres de vuelo fantasmal, que rodean aquellos inmensos árboles que parecen salidos de un cuento de hadas.    

El conjuro tiene una dimensión violenta, por momentos salvaje, con esos personajes que se elevan y caen velozmente, o sangran desde las entrañas; o que se encuentran turbados ante pájaros que, como los de Hitchcock, se estrellan brutalmente contra las ventanas. Pero, en esencia, el horror de este filme es como venido de otra época. Está más cerca de la sensorialidad gótica de los clásicos del género de la Universal o de la Hammer que del terror explícito de un Craven o un Raimi. En una escena, la clarividente que interpreta Vera Farmiga ve el reflejo de su hija, como convertida en una extraña criatura marina, pidiendo ayuda entre las aguas que rodean el hogar de los Perron. Es una visión alucinatoria claramente inspirada en el inquietante cuadro del siglo XIX Ofelia de John Everett Millais.

Si bien el final de El conjuro tiene una resolución apresurada, fácil y predecible, queda en la memoria por sus imágenes y sonidos poderosos, que aterrorizan con la magia lúgubre de tiempos perdidos.      

domingo, 1 de septiembre de 2013

Apuntes sobre la animación "de autor"


 
Esta es una revisión de la animación "de autor", que incluye a directores que van desde Léger hasta Burton o Lynch.
 
Aunque muchos no lo crean, la animación como medio para canalizar una visión personal del mundo tuvo esa condición  desde las primeras décadas del cine, y a través de una infinidad de películas  de diversas partes del mundo.

Hay que recordar primero algunos filmes abstractos. Fueron muchos artistas plásticos reconocidos quienes estuvieron inmersos en este tipo de creaciones. Así tenemos películas como la alemana Opus I (1921) de Walter Ruttman, que amalgama figuras curvas y triangulares que danzan en búsqueda de una armonía en incesante movimiento; Ballet mecanique (1924) de Fernand Léger, una cinta de hipnotismo maquinal, un engranaje cadencioso de imágenes de figuras básicas y de zonas anatómicas de hombres y animales; o Sinfonía diagonal (1925) del pintor dadaísta Viking Eggeling, con elementos icónicos que aparecen y desaparecen al entrar en contacto secuencial, todo un alarde magistral del empleo del tempo en la animación. Años después, ya con el uso del color y los avances técnicos del cine, Composition in blue (1936) de Oskar Fischinger o Colour box (1935) de Len Lye, siguieron esa línea de la animación.   

Más allá del célebre Léger, y mucho antes que la exitosa Las trillizas de Belleville de Sylvain Chomet, el cine francés ha contado a lo largo de su historia con verdaderos autores de la animación. El artista plástico de origen ruso Alexandre Alexeieff hizo en el país de aquel pintor, allá por el año de 1932, Une nuit sur le Mont Chavre, una cinta hecha con alfileres que daban vida a un mundo fantasmal y alucinatorio, con simios convirtiéndose en aves o unos molinos de viento de los que, de pronto, empiezan a brotar manos. Asimismo, tenemos a Paul Grimault, uno de los grandes referentes del estilo de Hayao Miyazaki, que creó una película clásica como Le Roi et L’oiseau (1980) y a René Laloux, autor de filmes sin parangón como La planéte sauvage (1973) y Gandahar (1988), signados por trazos de turbadora sensualidad, una bizarra imaginería de ciencia ficción, y un exotismo grotesco, que a veces roza la plástica de Frida Khalo.   

Otro país pródigo en animaciones que son auténticas búsquedas artísticas es Checoslovaquia. Un cineasta capital es Jirí Trnka. Sus adaptaciones de autores como H.C. Andersen o Chejov, como El ruiseñor del emperador o El cuento del violoncelo (1949), encandilan con su sombría ternura e ingenuidad. Su estilo marcó escuela, y entre sus continuadores se encuentran Jirí Barta y Jan Svankmajer. Este último, desde los años sesenta, ha ido configurando un universo propio, que tiene entre sus picos expresivos a Alice (1988), un largometraje de arrebatos surrealistas que adapta el cuento clásico de Lewis Carroll, y combina actores reales con animación stop-motion; creando un mundo enigmático e insólito de calcetines parlantes, camas aladas y un muñeco de conejo que cobra vida y come su propio aserrín. Hay en el filme una alucinación infantil, pero que se torna siniestra e inquietante. Svankmajer es una de las grandes influencias en el cine de Tim Burton.    

Una figura esencial de la animación es el pintor y dibujante escocés Norman McLaren, quien hizo gran parte de su obra en Canadá. Una de sus cintas más conocidas es el corto Neighbours (1952), que aplica la técnica de pixiliación con imágenes de actores reales para ironizar sobre las relaciones humanas. Posee una estética visionaria, que auguraba la apariencia y la dinámica de los videojuegos, con esos personajes de saltos mecánicos, de golpes y movimientos acelerados, de apariencia computarizada. Sólo vemos dos personajes peleándose por un territorio, y parecieran estar manejados por joysticks de nintendo. Al ver un largo como Corpus Callosum (2002) de Michael Snow, una cinta de llena de referencias tecnológicas, uno puede darse cuenta de la interminable influencia de McLaren.

viernes, 23 de agosto de 2013

Sobre dos ganadoras del Festival de Lima: “La jaula de oro” y “Heli”


 

Las dos películas estuvieron entre lo más destacado de la competencia de ficción que tuvo la última edición del Festival de Lima. La jaula de oro se aproxima, como ya lo hizo hace varias décadas Luis Buñuel con su clásico mexicano Los olvidados, a niños que viven en medio de la miseria y la injusticia más implacables. Tres menores de edad, una que cubre su femineidad con una apariencia masculina, otro de actitudes impulsivas y rudas, y uno de raíces indígenas, que habla una lengua incomprensible para sus compañeros, inician un viaje para cruzar la frontera con Estados Unidos.  

En la opera prima de Diego Quemada-Díez, aquellos personajes conforman un triángulo amoroso que, sin embargo, a la vez les hace posible la sobrevivencia, ante los actos abusivos de la policía o de grupos delincuenciales. Los encuadres se movilizan con un leve temblor y sigue a los tres niños como si estructuraran la mirada de otro personaje más, que los acompaña con afecto. Las imágenes fluyen espontáneamente y sin mayores acentos fotográficos o sonoros, concentrándonos en la relación maternal que establece la niña con los dos muchachos. Ella trata de mantenerlos juntos para lograr el sueño americano, a pesar de los celos que se apoderan de ellos por desearla.

Lo mejor de la película son las interpretaciones (a pesar que los actores no son profesionales) y los vínculos que se establecen entre los personajes. La niña no comprende las palabras que emplea su amigo indígena, sin embargo hay una comunicación tierna entre ambos, en la que interfiere el otro amigo, quien emplea incluso la violencia para interrumpirla. No obstante, ella mantiene el control. Una vez que se desvanece la figura de la menor de edad, los vínculos emocionales de los dos chicos, sorpresivamente, se vuelven entrañables. Por eso, al final de un viaje emocionante y trágico, se ve a uno de los personajes trabajando en una carnicería y, finalmente, mirando el cielo, como viendo entre la noche los rastros de sus compañeros. Es una secuencia conmovedora, que transita de la crudeza a la nostalgia. La jaula de oro es la descarnada historia sobre una amistad que sueña con una fantasía migratoria, mientras deambula por el infierno.


 
Heli, por su parte, muestra ese “cine de la crueldad” que pudimos hallar en trabajos anteriores de Amat Escalante, aunque con una puesta en tensión de dos mundos contrapuestos, que terminan confundiéndose. Por un lado, está el mundo doméstico en el que vive un personaje llamado justamente Heli, quien vive con su familia, que incluye una hermana púber que recibe a su novio en un cuarto de decoración infantil. Dicha pareja, por su parte, viene de otro mundo, uno disciplinado y policial, en el que se entrena y da a su cuerpo movimientos maquinales y perfectos, como los personajes militares de Full metal jacket de Kubrick o Beau travail de Denis.

Uno es el mundo de la familia y la inocencia, el otro es el de la ley y el orden. Pero lo que va narrando a continuación la cinta es cómo el segundo mundo contamina al primero, a pesar que es el creado para defenderlo: el novio de la niña tiene contactos con el narcotráfico, y, de pronto, los seres queridos de Heli son atacados salvajemente por unos tipos vestidos como agentes policiales, que en realidad son emisarios de un grupo dedicado al negocio de la droga.

Es cierto que la resolución de aquella secuencia roza el ridículo, con los “policías” ingresando al domicilio de forma tan aparatosa que incluso le quiebran el cuello al perrito de la niña, representados así como villanos de maldad caricaturesca. Sin embargo, la película le da después un mayor sentido a la violencia que grafica. La niña es secuestrada y vemos que su novio y Heli son torturados en frente de niños que juegan playstation, y que incluso aprovechan para grabar con sus celulares la sesión de golpes y quemaduras a la que someten a dichos personajes.

Heli es una narración salvaje sobre la pérdida de la inocencia. Pero no sólo sobre la inocencia infantil, ante la familiaridad del horror, sino también sobre aquella del hombre común y corriente que cree en las instituciones. El protagonista sobrevive a las vejaciones de las que fue objeto, y en medio de la búsqueda de su hermana, la amenaza del mal infecta las imágenes cotidianas. La secuencia de torturas nos coloca ante la posibilidad de que el mal nuevamente aparezca, o empiece a aflorar retorcidamente: entre los juegos mecánicos de feria, o en las luces automovilísticas, que se reflejan en las lunas del vehículo de una detective policial. Ésta, le enseña a Heli sus senos de dimensiones casi monstruosas, pidiendo favores sexuales a cambio de hallar a su hermana. La investigadora le pide que bese sus pechos, como emulando un rol materno, y es que el mal en la película es un virus que se aloja en las figuras protectoras.

Por ello, el personaje principal de la cinta descubre que sólo le queda ser parte del mal para encontrar justicia. Por venganza, se mancha las manos de sangre, y mira el cielo estrellado, como sintiéndose Dios. Finalmente, va donde su pareja, le arranca la ropa y la folla en acto catártico, mientras su hermana menor, ya de regreso y muda por los abusos sufridos, escucha los gemidos de una adultez que ya aprendió a envilecerse.

domingo, 18 de agosto de 2013

El Festival de Lima 2013 en 209 palabras



Estas son algunas impresiones de lo que he podido ver en la última edición del festival, en muy pocas palabras.

La mejor película de la competencia de ficción: “La jaula de oro”, seguida de cerca por “Heli” y “Tanta agua”.

Una película casi horrorosa en la competencia de ficción: “Roa”

Películas ciertamente atractivas en la competencia de ficción: “La paz”, “Wakolda”, “El verano de los peces voladores” y “El sonido alrededor”.

Una película impactante y sólida en la competencia documental: “I will be murdered”

Un plomazo en la competencia documental: “La chica del sur”.

Dos revelaciones en el cine latinoamericano:  “Soy mucho mejor que vos” de Che Sandoval y “Solo” de Guillermo Rocamora.

Películas que, si no las han visto aún, deben obtenerse en la página o pasaje que sea: “Nebraska” de Alexander Payne, “The lunchbox” de Ritesh Batra y “El policía” de Nadav Lapid.

Dos fraudes cinematográficos: “Spring breakers” de Harmony Korine y la secuencia de Edgar Pera en “3X3D”.

Películas que se pudieron volver a ver y que, si no las han visto aún, deben verlas: “La ceremonia” de Chabrol, “Ella se llama Sabine” de Bonnaire y “A nuestros amores” de Pialat.

Dos grandes pasajes: las secuencias de Godard y Erice en “3X3D” y “Centro histórico”, respectivamente.

La mejor película que he visto en el marco de todo el festival: “Las historias que contamos” de Sarah Polley.

jueves, 15 de agosto de 2013

Festival de Lima: El amor cortés de “The Lunchbox”


Esta película hindú de Ritesh Batra es un melodrama ambientado en una India contemporánea, pero cuenta un romance que parece de otro siglo, de tiempos lejanos, marcado por formas anticuadas. Una joven mujer casada, de nombre Ila, envía a su esposo una lonchera a través de un sistema de delivery que, por error, la deja a un señor viudo y de edad madura, llamado Saajan. Aquella falla da lugar a que entre ambos se inicie una correspondencia por escrito, en hojas de papel que se guardan en cada entrega del recipiente de comida.

Así, surge una atracción entre ambos, en medio del descontento, de la insatisfacción por un marido infiel y de la soledad por la pérdida de la esposa. Los protagonistas de The Lunchbox sienten que su vida se ilumina gracias a las cartas. Esa emoción que se apodera de ellos empieza a ser notada por dos personajes cómicos, una mujer mayor y gritona y un empleado impertinente y excéntrico. La película, así, oscila entre el verbo humorístico y la fantasía platónica, expresada en encuadres sobrios y apenas acentuada por los actores, con gestos sutiles pero poderosamente sugerentes.

Hay varias escenas formidables, como aquella en que, después de numerosas comunicaciones en papel, Saajan decide buscar y ver a Ila, pero sin atreverse a hablar. Él, al sentirse demasiado viejo para ella, prefiere comportarse como un caballero andante, de aquellos que sólo podían amar a la distancia, viendo a su amada de lejos, sintiéndola como un objeto inalcanzable y sublime. Por eso, The Lunchbox, una de las cintas de ficción más atractivas que he podido ver hasta la fecha en el festival, es la historia de un amor cortés, que nace con los modos de épocas perdidas.   

miércoles, 14 de agosto de 2013

Festival de Lima: “Nebraska” de Alexander Payne

En el cine de Payne es común que los personajes emprendan viajes en los cuales busquen rastros de sus lazos afectivos. Nebraska es una road movie en la cual un joven acompaña a su padre, de avanzada edad, en la supuesta búsqueda de un premio que asciende a un millón de dólares. La fotografía en blanco y negro, así como los encuadres de movimiento sosegado, le dan inicialmente a la película un tono lánguido y otoñal. Sin embargo, Woody, el personaje del hombre mayor interpretado formidablemente por Bruce Dern, tiene un espíritu casi adolescente, a pesar de sus problemas de memoria, de sus achaques y desvaríos. Bromea sobre las mujeres, toma cerveza o se asoma a ver algún viejo amor.
Los diálogos en Nebraska se encuentran entre lo mejor de la película, y dibujan ese lado juguetón pero a la vez nostálgico de los personajes de la “tercera edad”. En una escena, la esposa de Woody se encuentra ante la tumba de un antiguo galán, se alza la falda y le “muestra” la entrepierna, “recordándole” de lo que se perdió al no lograr conquistarla hace varias décadas. Esa secuencia sintetiza muy bien la propuesta de la cinta: acercarse a seres que sienten la cercanía de la muerte, pero que están dispuestos a gastarle bromas mientras “reviven” un pasado ya lejano, en sus viajes por la carretera.  

martes, 13 de agosto de 2013

Festival de Lima: 3X3D de Greenaway, Godard y Pêra

Los tres directores exploran el 3D para hacer un cine personal y que reflexiona sobre su propio modo de proyección. Peter Greenaway hace las veces de un invocador de espíritus. Como el Sokurov de El arca rusa, recorre un museo para revivir las almas que la habitan. La visión tridimensional le sirve al realizador británico como un método que dota de nueva vida a los personajes célebres que cada rincón trae a la memoria. Incluso, los datos históricos de cada uno de ellos, así como sus frases más populares, se convierten en una destellante tipografía, que avanza hacia nosotros con paso fantasmal.
Por su parte, Jean-Luc Godard deviene en un ensayista sensorial. Alterna o combina imágenes de archivo y 3D, recorre fotos o escenas de películas o realizadores emblemáticos, para pensar sobre la evolución de la imagen, que desemboca en lo que él refiere como la “dictadura de lo digital”. Los diversos encuadres van alterando sorpresivamente nuestra visión, la sacuden, porque el director francés, en gesto brechtiano, y como ya nos tiene acostumbrados en muchos pasajes de su cine, quiere que vayamos más allá de la percepción de la imagen para pensar sobre ella. Así, escuchamos sus ideas en una voz pausada y raspante, que anuncia serenamente el apocalipsis del cine tal como lo solíamos conocer.
Finalmente, Edgar Pêra se “convierte” en un teórico de cine que, de pronto, se le ocurre dirigir una película kitsch. Por medio de personajes que ven una pantalla o salen de ella (como los de Sherlock Jr., La rosa púrpura del Cairo o El último gran héroe), un sujeto reflexiona históricamente sobre los tipos de espectador cinematográficos, con imágenes pretendidamente cómicas que se van tornando cada vez más ridículas y estrafalarias. Vaqueros, alienígenas, brujas y otros personajes del imaginario fílmico aparecen, rayando la huachafería y sin mayor gracia, en una sala de cine, para atacar a quienes están en sus butacas. Imagínense: es casi, casi, casi, como estar viendo Risas y Salsa o Recargados de risa pero con “buena factura” y humor académico. Lástima que 3X3D acabe de forma tan horrorosa.   

domingo, 11 de agosto de 2013

¿Un cementerio para el cine peruano?




La opera prima de Dorian Fernández-Moris, Cementerio General (2013), busca darle un toque local a aquel cine de terror de sujetos con cámara en mano, de found footage, de ficción que se camufla de estética documental, tan de moda desde hace algunos años gracias al éxito de Actividad paranormal (2007), aunque también claramente inspirado en El proyecto de la bruja de Blair (1999). La cinta peruana va contando los espeluznantes sucesos ocurridos a partir de un juego de ouija, con el que una adolescente, junto con su pequeña hermana y algunos amigos, trata de contactarse con el espíritu de su padre recién fallecido.
Casi en su integridad, el largometraje lo vemos a partir del punto de vista de un chico voyeur, obsesionado con llevar siempre su cámara, y registrar todo lo que ocurre a su alrededor. Inclusive, la ropa interior por debajo de faldas colegiales, a la manera de un fan de las panty shots, o el prominente busto escotado de Leslie Shaw. Sea que estemos hablando de películas que encajan o no en el género de terror, los personajes que ven su máquina de video como un medio indispensable para enfrentar la realidad, como una prótesis esencial ante la vida, tienen una construcción especial. Pueden ser perversos con la representación de lo tanático, como aquellos que protagonizan Tres rostros para el miedo de Powell o El video de Benny de Haneke; ser arriesgados con su propia vida en un afán por no dejar de mirar, como los camarógrafos de Rec o El último exorcismo; o también ser ávidos por captar encuentros eróticos, como los que aparecen en Cloverfield o Proyecto X.
El teenager fisgón que vemos en Cementerio General es apenas un débil esbozo, una tenue sombra, un vago reflejo, de algunos de los “hombres de la cámara” antes descritos. Es difícil creer que un chico así de tembloroso y llorón, tan emocionalmente frágil en sus gestos, que parece tenerle miedo al cuco más que un niño, pueda estar dispuesto a cargar su cámara sin cesar, a pesar del enfrentamiento con fuerzas ocultas. Lo mismo puede decirse de los otros personajes, que son una caricatura involuntaria y sosa de los personajes arquetípicos de las slasher movies ochenteras: la chica buena y pura, el gordo “lorna” y mala suerte, la mujer voluptuosa y sexual, el adolescente musculoso y básico. Vemos actores que apenas logran repetir mecánicamente los diálogos del guion, casi recitándolos. Quizá por eso algunos de los pocos momentos que tienen algo de gracia son aquellos de humor colegial, de chacota. Como aquel en que uno de los chicos le deletrea las frases fantasmales de la ouija a otro para gastarle una broma, o ese en que se escucha en el cementerio, de sorpresa, “Carmina Burana” de Carl Orff, pero desde el celular de uno de los adolescentes. Y tal vez tienen algo de gracia porque la narración de la cinta es colegial.
En efecto, cuando uno ve toda la secuencia final de Cementerio General, sea la mano fantasmal que emula a la que aparece en La maldición de Takashi Shimizu, o la niña que viene del más allá a cobrar venganza, uno tiene la sensación de estar ante la representación escolar de una fiesta de Halloween. Todo se ve postizo, escénicamente resuelto de forma tosca y apresurada. Al comienzo señalé que la película buscaba un “toque local”, y es porque las imágenes espectrales son tan verosímiles como un disfraz de Azángaro.
Sin embargo, a pesar del desmadre, hay algo que rescatar en Cementerio General. Gran parte de la secuencia de la visita al cementerio está entre los más logrados pasajes que uno puede encontrar en el terror de nuestro país. La cinta llega a funcionar cuando juega más a la sugerencia, a no mostrar, a crear tensión con el fuera de campo. Lo mejor son las imágenes borrosas, agitadas, temblorosas del metraje encontrado, mientras los adolescentes corren y se enfrentan al cuerpo deforme, babeante y poseído de una niña que deambula entre los vivos y los muertos.

martes, 6 de agosto de 2013

Actualizaciones del blog

Pueden estar al tanto de las actualizaciones del blog suscribiéndose a mi página de Facebook (https://www.facebook.com/josecarlos.cabrejocobian). También a través de la página de Facebook y la cuenta de Twitter de la revista "Ventana Indiscreta": https://www.facebook.com/ventana.indiscretaimpresa y @revventanaind.

lunes, 5 de agosto de 2013

Mi blog

Inauguro mi blog, que estará principalmente dedicado al cine, con críticas, ensayos o artículos. A continuación, encontrarán apreciaciones de dos películas de paso reciente por la cartelera (Titanes del Pacífico y El llanero solitario), un texto sobre el realizador norteamericano Andy Milligan, un ensayo semiótico sobre la cinta Videodrome de David Cronenberg, y otro texto dedicado a Vértigo de Alfred Hitchcock, un clásico que ha sido reestrenado hace unas días en la cartelera peruana.

Aprovecho para darle mi agradecimiento a Karla Zavala Barreda, quien diseñó la plantilla de este blog.

Espero que todos ustedes disfruten de este espacio con cada visita.

José Carlos Cabrejo

“Titanes del Pacífico” y “El llanero solitario”: el gusto por el pasado


La mirada de Guillermo del Toro es infantil, como la de los niños que aparecen en Mimic, El espinazo del diablo o El laberinto del fauno, enfrentados a insectos, fantasmas o criaturas míticas. En Titanes del Pacífico (2013) unos sujetos de formación militar se enfrentan a monstruos gigantescos, inspirados en las kaiju eiga, aquellas películas japonesas con humanos absortos ante la presencia de Godzilla, Gamera, Mothra y otros seres mastodónticos.

No obstante, el diseño visual de los robots que pelean contra aquellas impresionantes bestias, así como algunos personajes, más bien parecen extraídos del anime de los setenta. Del Toro no optó por plasmar máquinas humanoides que parezcan de “tecnología moderna”, sino, por el contrario, que obtuvieran los trazos de dibujos animados como Mazinger Z o El festival de los robots. La apariencia, para estos tiempos, extravagante del científico Gottlieb o de Ops Tendo Choi es la que uno puede encontrar en personajes de otras antiguas series animadas japonesas como Meteoro.

Por ello, uno percibe en Titanes del Pacífico, a pesar de su estructura narrativa predecible, un juego de niño. Es como si el realizador mejicano hubiera decidido usar nuevamente sus viejos juguetes de infancia, pero dejándose llevar por su curiosa sensibilidad para hacer cine. Las escenas de lucha son emocionantes y potentes, y, como siempre, del Toro muestra su talento para crear personajes de carisma bizarro, como la heroína voyeur o el rufián de calzado dorado interpretado por Ron Perlman.  
   

El llanero solitario (2013) también está narrada con una mirada infantil. Un niño, fan del mítico jinete enmascarado, escucha fascinado los relatos de un envejecido Tonto (Johnny Depp). Como en la cinta animada Rango, el director Gore Verbinski desarrolla en su última película un festín de escritura cinéfila, y hace un recuento de las películas que ama. El material original que usó el realizador se prestaba para múltiples referencias al western. Aparecen animales que se enfrentan como si fueran los alacranes de una conocida escena de La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, o se ven a personajes montando caballo y llevando una sombrilla en el desierto, como el protagonista de El Topo de Alejandro Jodorowsky.

Sin embargo, lo más interesante en El llanero solitario es que acompaña su narración trepidante y cómica, casi de cartoon de la Warner Bros, con otros guiños, que le otorgan una plástica enrarecida y personal. El llanero y Tonto visitan un prostíbulo que parece una alucinada puesta en color de Freaks de Tod Browning. La “mami” interpretada por Helena Bonham Carter posee una pierna protética tan extraña como la que tiene Isabella Rossellini en The saddest music in the world de Guy Maddin, pero funciona como la psicoarma del anime Cobra o la metralleta que usa el personaje de Rose McGowan en Planet Terror de Robert Rodríguez. Uno de los villanos, que gusta vestirse de mujer, parece inspirado en aquellos personajes afeminados y ridículos, de apariencia estrafalaria, que habitan algunas cintas de Sion Sono.  

En otros aspectos, la película de Verbinski se siente  desbalanceada. Toro es un derivado de Jack Sparrow, el popular personaje de la saga Piratas del Caribe. Se porta como un frenético personaje de slapstick que, sin embargo, coloca al protagonista, interpretado por Armie Hammer en un segundo plano, absolutamente opacado y deslucido.
Siendo películas apreciables, aunque sin ser las mejores de Del Toro y Verbinski, Titanes del Pacífico y El llanero solitario son la muestra de directores capaces de crear universos propios en cintas de gran presupuesto, destinadas al mero consumo masivo y familiar.

Andy Milligan: ¿el peor director de la historia?




 
El peor director de la historia del cine. Eso es lo que muchos cinéfagos del mundo piensan. En consecuencia, opinan que Edward D. Wood Jr. no merece tal distinción. Andy Milligan, nacido en 1929, adquirió un cierto reconocimiento en los Estados Unidos con el mediometraje Vapors (1965), sentida mirada a un micro mundo homosexual en blanco y negro, con guiños estéticos al cine de John Cassavetes. Asimismo, dirigió películas de explotación con temática erótica, como  The filthy five (1968), una cinta ahora perdida pero apreciada en su momento por Andy Warhol, y Fleshpot on 42nd St. (1972), que tuvo buena acogida por parte de algunos críticos.

Pero para desdicha de Milligan, hoy algunos lo recuerdan no por sus buenas películas, sino por las malas. Sus películas de terror, entre las que se cuentan  The ghastly ones (1968), The body beneath (1970) y Guru, the mad monk (1970), dieron vida a un “universo Milligan”, poblado de personajes con diálogos que se dilataban hasta el sopor, seres deformes con maquillaje descaradamente postizo, insertos de gratuitas escenas de sexo, y  encuadres que se movilizaban con temblor documental. A pesar del desmadre de la puesta en escena, uno podía encontrar una energía vital en sus personajes, poseídos por una voraz lujuria por la sangre, encarnada con una hiperviolencia cutre y gore.  

Andy es una muestra emblemática de lo que se conoce como cine de serie Z. Se podía dar el lujo de realizar películas de época, ambientadas en el medioevo, con solo 10, 000 dólares o menos. Todos aquellos ingredientes ya mencionados hacían que sus películas adquirieran un acabado más insano de lo previsto por sus erráticos guiones. En medio de una galería de ojos perforados, cuellos acuchillados y manos mutiladas con generosas explosiones de pintura roja, las criaturas de Milligan exhibían una naturaleza perversa pocas veces vista en el cine. En una secuencia de Torture Dungeon (1970), un duque trata de forzar a su pareja para acostarse con él y un hombre jorobado en su cama matrimonial. Ante la negativa de ella, el Duque precisa: “No soy homosexual, no soy heterosexual, no soy asexual… Soy trisexual… ¡Haría lo que sea por placer!”.

Milligan murió enfermo de sida y olvidado en 1992. Sin embargo, a inicios de la década pasada, ha crecido un culto alrededor de sus películas, gracias a la fascinante biografía de Jimmy McDonough, columnista del Village Voice, llamada “The Ghastly one: The sex-gore netherworld of filmmaker Andy Milligan”.