domingo, 11 de agosto de 2013

¿Un cementerio para el cine peruano?




La opera prima de Dorian Fernández-Moris, Cementerio General (2013), busca darle un toque local a aquel cine de terror de sujetos con cámara en mano, de found footage, de ficción que se camufla de estética documental, tan de moda desde hace algunos años gracias al éxito de Actividad paranormal (2007), aunque también claramente inspirado en El proyecto de la bruja de Blair (1999). La cinta peruana va contando los espeluznantes sucesos ocurridos a partir de un juego de ouija, con el que una adolescente, junto con su pequeña hermana y algunos amigos, trata de contactarse con el espíritu de su padre recién fallecido.
Casi en su integridad, el largometraje lo vemos a partir del punto de vista de un chico voyeur, obsesionado con llevar siempre su cámara, y registrar todo lo que ocurre a su alrededor. Inclusive, la ropa interior por debajo de faldas colegiales, a la manera de un fan de las panty shots, o el prominente busto escotado de Leslie Shaw. Sea que estemos hablando de películas que encajan o no en el género de terror, los personajes que ven su máquina de video como un medio indispensable para enfrentar la realidad, como una prótesis esencial ante la vida, tienen una construcción especial. Pueden ser perversos con la representación de lo tanático, como aquellos que protagonizan Tres rostros para el miedo de Powell o El video de Benny de Haneke; ser arriesgados con su propia vida en un afán por no dejar de mirar, como los camarógrafos de Rec o El último exorcismo; o también ser ávidos por captar encuentros eróticos, como los que aparecen en Cloverfield o Proyecto X.
El teenager fisgón que vemos en Cementerio General es apenas un débil esbozo, una tenue sombra, un vago reflejo, de algunos de los “hombres de la cámara” antes descritos. Es difícil creer que un chico así de tembloroso y llorón, tan emocionalmente frágil en sus gestos, que parece tenerle miedo al cuco más que un niño, pueda estar dispuesto a cargar su cámara sin cesar, a pesar del enfrentamiento con fuerzas ocultas. Lo mismo puede decirse de los otros personajes, que son una caricatura involuntaria y sosa de los personajes arquetípicos de las slasher movies ochenteras: la chica buena y pura, el gordo “lorna” y mala suerte, la mujer voluptuosa y sexual, el adolescente musculoso y básico. Vemos actores que apenas logran repetir mecánicamente los diálogos del guion, casi recitándolos. Quizá por eso algunos de los pocos momentos que tienen algo de gracia son aquellos de humor colegial, de chacota. Como aquel en que uno de los chicos le deletrea las frases fantasmales de la ouija a otro para gastarle una broma, o ese en que se escucha en el cementerio, de sorpresa, “Carmina Burana” de Carl Orff, pero desde el celular de uno de los adolescentes. Y tal vez tienen algo de gracia porque la narración de la cinta es colegial.
En efecto, cuando uno ve toda la secuencia final de Cementerio General, sea la mano fantasmal que emula a la que aparece en La maldición de Takashi Shimizu, o la niña que viene del más allá a cobrar venganza, uno tiene la sensación de estar ante la representación escolar de una fiesta de Halloween. Todo se ve postizo, escénicamente resuelto de forma tosca y apresurada. Al comienzo señalé que la película buscaba un “toque local”, y es porque las imágenes espectrales son tan verosímiles como un disfraz de Azángaro.
Sin embargo, a pesar del desmadre, hay algo que rescatar en Cementerio General. Gran parte de la secuencia de la visita al cementerio está entre los más logrados pasajes que uno puede encontrar en el terror de nuestro país. La cinta llega a funcionar cuando juega más a la sugerencia, a no mostrar, a crear tensión con el fuera de campo. Lo mejor son las imágenes borrosas, agitadas, temblorosas del metraje encontrado, mientras los adolescentes corren y se enfrentan al cuerpo deforme, babeante y poseído de una niña que deambula entre los vivos y los muertos.