lunes, 4 de mayo de 2015

Orson Welles: el ilusionista de las sombras

Este 6 de mayo se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los realizadores más influyentes en toda la historia. Aquí una mirada al cine de Orson Welles. Esta es la versión "uncut" del artículo que publicaron ayer en "El dominical" del diario "El comercio"

“El mago es un actor que interpreta el papel de un mago”. Esa es la frase de Houdini que pronuncia Orson Welles mientras realiza actos de ilusionismo ante la mirada embelesada de un niño al inicio de “Fraude” (1973); aquel falso documental en que él, además, se representa a sí mismo como un cineasta que actúa a la manera de un brillante falsificador de obras de arte. Esa secuencia figura la maestría con que el director jugó con el arte del engaño cinematográfico ante los ojos ingenuos del espectador, que vio en su obra un despliegue de recursos narrativos y visuales que anunciaron la modernidad del llamado séptimo arte.

No es coincidencia que Welles, siendo un hombre de teatro, se preocupara en su filmografía por adaptar obras de William Shakespeare, un dramaturgo que exploró las fronteras porosas entre lo real y lo escénico. El realizador norteamericano mantuvo en su cine ese espíritu que lo llevó a jugar con esos artificios deslumbrantes que le hicieron a creer a toda una población norteamericana que su país estuvo invadido por alienígenas, gracias a un relato radial que hizo de la novela “La guerra de los mundos” en 1938. Es esa misma confusión que experimenta el Quijote de aquella cinta inconclusa que filmó entre 1957 y 1969, personaje que se enfrenta en una escena a una pantalla de cine, creyendo que las figuras que emergen en ésta son reales.


Esa cercanía de Welles con autores del Renacimiento explica también las raíces de su estilización barroca. En “Ciudadano Kane” (1941), su compleja y mítica opera prima, Orson multiplica las voces narrativas, que van construyendo distintas miradas del personaje principal; las que, además se articulan en una narración no lineal, dotada de numerosos saltos temporales. Aquellos experimentos no solo anteceden la variedad de perspectivas que Akira Kurosawa empleó para contar una misma historia en “Rashomon” (1950), sino también la visión lúdica del tiempo del Quentin Tarantino de “Tiempos violentos” (1994).

Su primera cinta es de una influencia inacabable, que abarca tanto a películas de la modernidad como de la posmodernidad. Eso sin contar que fue un largometraje en el que Welles se rodeó de gente talentosa como Gregg Toland, director de fotografía que realizó con él un trabajo innovador de la profundidad de campo. Asimismo, Charles Foster Kane es el prototipo del personaje que llega a la cumbre del poder y termina atrapado al interior de un solitario y oscuro castillo emocional. Los protagonistas que Daniel Day-Lewis y Jesse Eisenberg encarnan en “Petróleo sangriento” (2007) y “Red social” (2010) se cuentan entre su descendencia.

Por ello, el cineasta se convirtió en el emblema del autor cinematográfico, del realizador que, como lo hubiera dicho Alexandre Astruc, emplea la cámara de la misma forma en que el escritor usa la pluma. Los créditos finales de su segunda película, “Los magníficos Ambersons” (1942), en los que se escucha la voz del realizador afirmando “Escribí el guión y la dirigí. Mi nombre es Orson Welles”, son representativos de esa posición ante el cine.


Welles escribió su visión cinematográfica alimentándose de las sombras inquietantes del expresionismo alemán. El cineasta norteamericano oscureció a sus personajes pero para iluminar su interioridad tortuosa. Su contrastada fotografía revela en el propio cuerpo en pantalla de Orson la sangre fría de Franz Kindler en El extranjero (1946), la angustia criminal del Macbeth que interpretó en 1948, los enfermizos celos de su Otelo de 1952, los turbios secretos del Gregory de “Mr. Arkadin” (1955) o la corrupta sinuosidad del policía Hank Quinlan en “Sed de mal” (1957).

Pero si hay otro rasgo que hace singular al cine de Orson Welles es el desplazamiento de su cámara. Pocas veces un plano secuencia como el que da inicio a su filme de 1957 ha transmitido una tensión tan poderosa en toda la historia del cine. Los veloces trávelin que persiguen al Anthony Perkins de “El proceso” (1962) –adaptación de la obra de Franz Kafka- logran dar esa mirada del hombre atrapado en una pesadilla laberíntica.

“La dama de Shangái” (1947), uno de los acercamientos del director al llamado film noir, nuevamente nos muestra sus trucos de magia. En la secuencia final, el protagonista ingresa a la “casa de los locos” de un fantasmal parque de diversiones, con escenarios distorsionados que parecen extraídos de “El gabinete del Dr. Caligari” (1920) y con espejos (figuras recurrentes en su cine) que multiplican las visiones de los personajes, como máscaras que ocultan sus claroscuros morales.   
  


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