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lunes, 23 de febrero de 2015

Los olvidados del Oscar



Orson Welles, Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch y Stanley Kubrick son solo algunos de los influyentes realizadores cinematográficos que fueron nominados como mejores directores y nunca alcanzaron el Oscar por ello. ¿Hay realmente a lo largo de la historia una ceguera en la Academia para no reconocer a los genios de la pantalla? Esta es una versión extendida de un artículo publicado ayer en "El dominical" del diario "El comercio"

Hagamos dos listas de realizadores nominados al Oscar como mejor director: una con los que perdieron y otra con los que ganaron. La falta de criterio del Oscar para reconocer a grandes cineastas, ¿es realmente tan vergonzosa? ¿acaso no hubo también directores que con toda justicia merecieron la estatuilla dorada? Para responder a esas preguntas, viajemos a las primeras décadas del cine, en que aparece la figura de uno de los genios del silente y de los primeros tiempos del sonoro: Ernst Lubitsch. Este director de origen judío alemán, maestro en el humor como arte ilusionista, en la creación de encantadores personajes camaleónicos, y en la sugerencia transgresora, fue nominado 3 veces.

El autor de clásicos como “Trouble in Paradise” (1932) o “Ser o no ser”  (1942) perdió su última oportunidad de ganar un Oscar como mejor director en el año 1944, vencido por Michael Curtiz y su filme “Casablanca” (1942). Nadie niega el talento del realizador de la película protagonizada por Bogart y Bergman, pero Lubitsch está en un nivel muy superior, y su legado se encuentra en cineastas contemporáneos como Woody Allen o Wes Anderson.

Charles Chaplin ni siquiera fue nominado alguna vez como mejor director, aunque sí ganó dos Oscar honoríficos y uno por la música de “Candilejas”, filme de 1952. Por su parte, Howard Hawks, uno de los cineastas más versátiles del Hollywood clásico, capaz de crear películas que abrirían nuevas puertas expresivas en distintos géneros como el criminal (“Caracortada”, 1932) o el western (“Río Bravo”, 1959), perdió en el año 1942 la posibilidad de ganar la estatuilla ante el triunfo de John Ford por “¡Qué verde era mi valle!” (1941).

WELLES Y HITCHCOCK
El director de “Centauros del desierto” (1956), uno de los clásicos mayores del cine americano, logró ganar 4 Oscar en el rubro de mejor director. Lo curioso es que en aquel 1942 John Ford no solo le quitó la oportunidad a Howard Hawks de ganar el Oscar, sino también a otro cineasta esencial: Orson Welles. El mítico realizador fue nominado nada más y nada menos que por “Ciudadano Kane” (1941), uno de los filmes más revolucionarios de la historia del cine. Su narrativa compleja, dotada de constantes saltos temporales y barroca polifonía, así como su impresionante acabado visual, de innovadora profundidad de campo y sombras de estilizado expresionismo, se convirtieron en uno de los pilares de lo que después se denominaría cine moderno. Al menos, Welles logró con Herman J. Mankiewicz alzarse con el Oscar al mejor guion.    

El cine contemporáneo no sería lo que es sin la obra de Alfred Hitchcock. Su construcción de la mirada cinematográfica por medio de pulsiones voyeristas o de la memoria, sus relatos que se desdoblan o que se orientan hacia finales abiertos, o su manejo soberbio de los códigos del thriller y de la música, han sido influencia trascendental para directores provenientes de la nouvelle vague, del “Nuevo Hollywood”, del cine independiente norteamericano o del experimental europeo: François Truffaut, Steven Spielberg, Brian De Palma, John Carpenter, Chris Marker, y un larguísimo etcétera.

Hitchcock estuvo nominado 5 veces al Oscar, mientras que Stanley Kubrick 4 veces en la misma categoría. El autor de obras influyentes como pocas en el cine y en la cultura popular contemporánea, como “2001, Odisea del espacio” (1968) o “La naranja mecánica” (1971), ni siquiera pudo irse de este mundo con un Oscar honorífico, como sí ocurrió con los otros cineastas “perdedores” ya mencionados en esta nota, y con grandes realizadores que trabajaron en otros continentes y que también fueron nominados en el mismo rubro, como Federico Fellini, Ingmar Bergman, Akira Kurosawa, Michelangelo Antonioni o Jean Renoir.


LUCES Y SOMBRAS
No obstante, hay que reconocer que en muchas ocasiones varios de estos directores perdieron ante cineastas de peso. Entre los realizadores que ganaron el Oscar, no solo está John Ford, sino también Frank Capra, Billy Wilder, Elia Kazan, John Huston, Carol Reed, Francis Ford Coppola, Woody Allen, Clint Eastwood, Steven Spielberg, Roman Polanski, Martin Scorsese o los hermanos Coen, por solo mencionar a algunos.

Pero cuando el Oscar hace el ridículo, lo hace con maestría. Ver que en el año 1995 prefirieron darle el premio al Robert Zemeckis de “Forrest Gump” que al Quentin Tarantino de “Tiempos violentos”, o que en el año 2002 el Ron Howard de “Una mente brillante” venció al David Lynch de “El camino de los sueños” y al Robert Altman de “Gosford Park”, uno se imagina a un miembro de la Academia atrapado en una película anodina del canal Hallmark, vestido como Forrest, sentado en una banca y decidiendo su voto mientras llega a la brillante conclusión de que la vida es una caja de bombones.

A la luz del triunfo de Alejandro González Iñárritu en la última edición del Oscar, Richard Linklater se suma a la lista de aquellos grandes cineastas que nunca obtuvieron o que aún no han logrado alzarse con la estatuilla dorada. “Birdman” (2014) es una película que concentra lo mejor y lo peor del cine del realizador mexicano, expone su talento para la dirección de actores y para la tensión narrativa, potenciada por sus dinámicos movimientos de cámaras, pero también su atosigante cursilería y su inclinación hacia la metáfora simplona y obvia, como la del personaje de Keaton volando por cielos en el final para expresar que logró cumplir su sueño de ser reconocido como artista.


En cambio, “Boyhood” (2014) confirma a Linklater como uno de los realizadores más apasionantes del cine contemporáneo. Su registro de personajes en tránsito, errantes, a la deriva, embarcados en un viaje que no parece tener fin, se encarna en visiones cálidas y entrañables, de edición que fluye suavemente, como brisa, hilvanadas por diálogos naturales y a la vez ingeniosos, que logran un retrato del tiempo poderoso en su austeridad escénica.  

lunes, 3 de marzo de 2014

Cine e Inteligencia Artificial: entre la razón y la pasión



A propósito del estreno de la película “Her” de Spike Jonze, ganadora de un Oscar, revisamos aquellas cintas en las cuales se muestran seres de inteligencia artificial con la capacidad de razonar e incluso amar. Esta es la versión "uncut" de un texto publicado ayer en el suplemento "El dominical" del diario "El comercio" titulado "Enamorados de las máquinas".


La Inteligencia Artificial abarca el sueño de ir creando no solo seres tecnológicos que razonen como nosotros, los humanos, sino que además puedan tener sentimientos, emociones, afectos.  Y el cine desde sus inicios ha sido espejo de esa fantasía que hoy parece empezar a llegar a niveles insospechados, incluso en nuestras tabletas o smartphones que nos “hablan” como compañeros inseparables de nuestra vida. En Metrópolis (1927) de Fritz Lang, un científico crea una réplica robótica de una mujer que podría iniciar la sublevación de unos obreros explotados vilmente. Dicha creación se ve y habla como ella, pero es usada contra los intereses de aquellos trabajadores a los que dicha lideresa defiende. Frankenstein (1931) de James Whale, relata la conocida historia del doctor que, con pedazos de distintos cadáveres, crea una nuevo ser humanoide.

Ambos hombres de ciencia juegan a ser dioses, y ese desafío sacrílego termina con la quema de sus criaturas, lo que recuerda las hogueras de la Inquisición. El cine, en ese sentido, ha concentrado la visión de una humanidad temerosa de su capacidad para crear nuevas formas de vida. La robot de Metrópolis es el antecedente de otras películas en las cuales la aparición de tecnologías inteligentes forma parte de un conflicto de poder, como sucede en Alphaville (1965) de Jean-Luc Godard, en la que un doctor manipula una ciudad a través de un sistema de Inteligencia Artificial llamado Alpha 60, de voz fría y mecánica, y que contrasta con la del personaje de Anna Karina, quien humanamente recita versos de Paul Eluard. Algo similar ocurre con la computadora HAL 9000 de 2001, Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, que se rebela ante la posibilidad de que los ocupantes de la nave Discovery lo desconecten.

EL AMOR Y LAS MÁQUINAS
Sin embargo, HAL 9000, a pesar que lucha por su supervivencia, se presenta con una voz puramente lógica y racional. Más bien, en una serie de cintas de sensibilidad cyberpunk de inicios de los ochenta aparecen personajes “tecnológicos” que se muestran más emocionales. En Blade Runner (1982) de Ridley Scott aparecen los llamados “replicantes”, unos seres artificiales de conducta y apariencia humanas que luchan por su libertad y reflexionan sobre sus propias condiciones de vida. Aquella escena en la cual el protagonista interpretado por Harrison Ford está a punto de caer desde lo alto de un edificio, muestra al replicante encarnado por Rutger Hauer salvándole la vida, expresando a la vez fascinación por ella.

Una de las secuencias más emotivas de Blade Runner es aquella en la cual el personaje de Ford escucha una hermosa interpretación de piano de la replicante Rachael (Sean Young), ante lo cual no puede resistir besar sus labios, y ella expresa deseo por él mientras lo mira. Sin embargo, Videodrome (1983) expone una sensibilidad maquinal que llega a niveles de erotismo duro. En una escena, Max Renn (James Woods), dueño de un canal de televisión que padece de estados alucinatorios, ve en la pantalla de su TV los labios de una irresistible mujer. Así, el aparato se inflama, notándose en su superficie venas similares a las humanas, y jadea con la voz de aquella fémina.


Por ello, el cine encuentra en estos seres tecnológicos de reacciones humanas medios de placer, que es lo que sucede con el “Gigolo Joe” (Jude Law) de Inteligencia Artificial (2001) de Steven Spielberg, un robot dedicado a la prostitución y que es capaz de complacer de manera formidable a sus clientas. Por su parte, David, el niño humanoide interpretado por Haley Joel Osment, está más próximo a la visión de los replicantes de Blade Runner: un ser que muestra la capacidad de expresar emociones aún más poderosas que las de los propios humanos, iniciando una viaje  de cuento de hadas para reencontrarse con aquella madre que alguna vez lo adoptó como reemplazo de un hijo que perdió.

ROMANCES DE BOLSILLO
En ese sentido, Her (2013) de Spike Jonze, a diferencia, es la película que está más cerca de aquella visión de una tecnología “inteligente” y “portátil” que experimentamos hoy en día con los iPhones y otros aparatos semejantes. Theodore (Joaquin Phoenix), después de sufrir la ruptura de una larga relación amorosa, adquiere un sistema operativo que se convierte en su nueva compañía: se llama Samantha, le habla con la voz sensual de Scarlett Johansson, y llega a desarrollar emociones, hasta el punto de enamorarse de él.


Esa calidez en la relación que existe entre Theodore y Samantha se ve reflejada en esa dirección artística de colores vivos, con un protagonista de bigote de otra época y gafas vintage. La película está marcada por una acabado visual hipster, pero que plasma con tierno entusiasmo el romance entre el protagonista y su “máquina”, como en aquella escena en que él la pasea juguetonamente en el bolsillo de su camisa, al interior de un metro. Aunque, en un final poco convincente, se reivindican las relaciones entre humanos y se muestra a aquel sistema operativo casi de forma tan riesgosa o amenazante como un Alpha 60 o un HAL 9000.