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lunes, 13 de enero de 2014

Las criaturas de "El Hobbit: la desolación de Smaug"



Comparativamente, es cierto que las dos primeras películas de la saga "El Hobbit" no son más que remedos inferiores del mundo aventurero y encantado que Peter Jackson creó en su trilogía de "El señor de los anillos". Además, sus "nuevos" personajes principales no resultan tan carismáticos como los que animaban aquellas largometrajes que le valieron al realizador neozelandés numerosas estatuillas del Oscar.

Uno sentía que "Un viaje inesperado", la primera parte de la nueva saga tolkeniana de Jackson, se alargaba con diálogos sosos y una narración poco convincente. Si bien "La desolación de Smaug" no es ni la sombra de la versión cinematográfica de "El señor de los anillos", tampoco es una mala película, posee algunas buenas secuencias (Legolas saltando de la cabeza de un enano a otra para vencer a orcos, o aquella en que los compañeros de aventura de Bilbo Baggins aparecen entre pescados, saliendo de barriles, como extraídos cómicamente de una slapstick) y muestra el talento del director para hacer que criaturas de fantasía cobren una singular vida.

Los seres zoomorfos de la última cinta del realizador son de antología porque hay algo en ellos que los hace rudos, salvajes, pero a la vez aniñados. Son como el mastodóntico gorila que Jackson creó en "King Kong" (2005), capaz de destruir edificios y a la vez amar como un chico bobo.  Cuando Bilbo se hace invisible con el anillo mientras ve a sus amigos capturados por arañas, que se desplazan como aquellos arácnidos que aparecían justamente en una famosa secuencia de la versión original de "King Kong" de 1933, uno las escucha hablar como si fueran chicos rebeldes que estuvieran a punto de jugar cruelmente con insectos.



Del mismo modo, el personaje de Beorn emerge entre los bosques a la manera de un oso inmenso, de pelaje oscuro y fauces de terror, pero al convertirse en un corpulento hombre de voz ronca, acaricia casi con ternura un pequeño ratón blanco. Lo mismo ocurre con Smaug, el gigantesco dragón al que Bilbo trata de persuadir para llevarse un objeto preciado. A pesar de su anatomía majestuosa y extraordinaria, y de sus malévolas expresiones faciales, se deja engatusar como un niño narciso, al cual se le habla de sus temibles atributos.

Quizá parte del encanto que tienen las criaturas de "La desolación de Smaug" nace de la participación de Guillermo del Toro en el guion de la película. El mexicano siempre ha mostrado en su cine la habilidad de construir simpáticos y monstruosos personajes secundarios, como el anfibio Abe Sapien de "Hellboy".


Los horripilantes y fornidos orcos de "El hobbit" en realidad no se distinguen mucho de los que aparecían en "El señor de los anillos". No obstante, siempre he preferido otras criaturas villanas del cine del neozelandés, como los alienígenas de "Bad Taste" o los zombis de "Braindead", envueltos en gags tan jocosos como viscerales. 

De cualquier modo, el final abierto de "La desolación de Smaug", con el dragón volando con un baño dorado entre las nubes, es una de las imágenes más hermosas del cine de Peter Jackson, dueño de uno de los mejores bestiarios del cine contemporáneo.

martes, 7 de enero de 2014

Los anillos del Señor Jackson

Hace pocos años publiqué en "El Dominical" del diario "El comercio" este texto sobre la trilogía cinematográfica de "El señor de los anillos" de Peter Jackson. Lo posteo a propósito del estreno reciente  de la segunda película basada en la novela "El hobbit" de J.R.R. Tolkien




Blubberhead. La historia sobre una ciudad medieval alborotada por gnomos, enanos y dragones. Esa es la película que allá por los noventa, el cineasta neozelandés Peter Jackson soñaba realizar. Quién sabe si algún día lo logrará. Tal vez sea un proyecto que ya ni le importe. Ni a él ni a nadie. Sobre todo porque, a cambio, le dieron la oportunidad de dirigir, entre los años 1999 y 2000, la adaptación de un mundo muy similar pero universalmente reconocido: la trilogía clásica de J.R.R. Tolkien.

La saga de Jackson, conformada por “La comunidad del anillo”, “Las dos torres” y “El retorno del rey”, ha recaudado más de 3.000 millones de dólares alrededor del mundo. Dos de ellas se ubican en el top 20 de las películas más taquilleras de la historia. Asimismo, obtuvieron 17 Oscars, de los cuales 11 fueron ganados por la tercera parte de la saga, lo que la convierte, junto con “Ben-Hur” y “Titanic”, en el filme que más premios de la Academia ha obtenido hasta la fecha.

Fórmula mágica

Cierto. La exitosa fórmula de la trilogía de Jackson es la misma que tuvo la saga original de “La guerra de las galaxias” de George Lucas entre los años setenta y los ochenta: explotar al máximo los avances tecnológicos en cuanto a efectos especiales para contar una historia tejida con esos valores míticos y ancestrales que encandilan al ser humano por siglos. Al igual que La Biblia y relatos orales de larga data, “La guerra de las galaxias” y “El señor de los anillos” muestran la oposición de mundos de luz y sombra, la lucha entre el bien y el mal, la tentación del poder, seres dispuestos a sacrificar la vida por su prójimo.


De cualquier forma, la saga muestra otra dimensión del talento de Jackson, ya reconocido en cintas de humor delirante y escatológico como “Braindead” (1992), en esa cruda película de adolescentes que deambulan entre la fantasía y el crimen llamada “Criaturas celestiales” (1994) o en un filme posterior y entrañable como “King Kong” (2005).



Caballeros y orcos

La saga del neozelandés plasma fabulosas secuencia de batalla, con encuadres abiertos, de agitación aérea, que descienden con temblor hacia la confrontación de caballeros y orcos, delineándola con una mirada visceral, apocalíptica, de estruendo. Además, la saga cinematográfica representa imágenes nocturnas de bosques y pantanos con una rara belleza. Son imágenes de una tenebrosa exuberancia, que brotan como una visión poética, lúgubre y encantada, inquietante y surreal. Los personajes pueden ser maniqueos, pero están diseñados, a través de sus diálogos, sus gestos, su andar, con un carisma romántico. De toda esa galería de héroes y villanos que recorre la saga, el Gollum, esa criatura enjuta, de complexión casi cadavérica, de testa exagerada, de ojos pérfidos y a la vez miedosos, que aparentan sumisión pero respiran codicia, se convirtió en uno de los personajes cinematográficos más populares de la década que acaba de pasar.

Más allá de uno u otro defecto, como la dilatación excesiva de algunas secuencias (como por ejemplo el epílogo de “El retorno del rey”), la saga cinematográfica de “El señor de los anillos” es una muestra de que el cine taquillero y de gran presupuesto no necesariamente se divorcia de una sensibilidad auténtica y personal.