jueves, 23 de enero de 2014

La violencia y la fe: El cine de Martin Scorsese



Este es un texto sobre la violencia, la religión y la infuencia del cine de Martin Scorsese, que publiqué hace un par de años en "El dominical" del diario "El comercio".

Martin Scorsese, junto con directores como Allen, Coppola o De Palma, perteneció al “Nuevo Hollywood”. Fue un movimiento surgido a fines de los años sesenta, que renovó los modos de producción y realización que caracterizaron a los grandes estudios norteamericanos en años anteriores.

Uno de los primeros clásicos de este cineasta de ascendencia italiana, Calles peligrosas (Mean streets,1973), exhibe varios de los rasgos de las películas del “Nuevo Hollywood” y del estilo que lo ha convertido en el director legendario que ahora es. Es una cinta que revisa la tradición del cine norteamericano, mostrando a un protagonista (interpretado por Harvey Keitel) que, como muchos personajes del cine negro, vive tormentos psicológicos. Oscila entre sus vínculos con la mafia y su fe religiosa. Los personajes del filme recuerdan esa gestualidad brusca, esa violencia física, esas reacciones toscas, que vemos en el cine de Elia Kazan.

Sin embargo, Scorsese logró con Calles peligrosas, al igual que muchos de sus contemporáneos del “Nuevo Hollywood” con sus propias películas, plasmar su gusto por el neorrealismo italiano y la nueva ola francesa. Algunas de las escenas de la cinta se desarrollan en ambientes y actividades reales, como las imágenes de la luminosa y musical celebración de San Gennaro. Ciertos personajes, a pesar de su dimensión criminal, tienen un aire infantil, como ocurre con muchos de los que habitan los filmes de François Truffaut.

EN LA MARGINALIDAD
Uno de los hitos de Scorsese es Taxi driver (1976), una película sobre un ex soldado de Vietnam con alteraciones mentales (soberbiamente interpretado por Robert De Niro), que labora como taxista en las calles sórdidas y decadentes de Nueva York. La cinta es una muestra de la capacidad de Scorsese para crear personajes tan fuertes y memorables, que a pesar de vivir más allá de la ley, nos resultan carismáticos y entrañables.

Quentin Tarantino, un fan confeso de Taxi driver, revela en su obra una influencia del cine de Scorsese, por convertir en seres simpáticos a personajes abyectos y homicidas; pero también por su violencia gráfica, explícita, gore. Taxi driver, mucho antes que películas como Perros del depósito oTiempos violentos, tomó esa estética propia de las cintas de explotación, bañadas con chorros de sangre, para transformarla en marca de estilo de un cine muy personal.

A pesar de ese costado áspero que caracteriza al cine de Martin, fluye en muchas de sus películas una energía espiritual. Toro salvaje (Raging bull, 1981), para muchos su obra mayor, muestra a un boxeador (encarnado de forma nuevamente genial por De Niro) invadido por una fuerza bruta pero a la vez masoquista. En las calles y en su casa se porta de forma ruda, como un mal hombre; sin embargo, en el ring, los encuadres en blanco y negro esculpen su cuerpo de forma crística. Es expuesto como en una vía crucis, padeciendo, a través de ceremoniosos ralentíes, golpes salvajes, hasta el extremo de la sumisión. Scorsese nos dice con sus imágenes lo que piensa: el dolor es una forma de alcanzar la salvación por nuestros pecados.


SCORSESE EN EL ESPEJO
Muchas de las grandes películas de Scorsese tratan justamente sobre la culpa y la redención. Y la forma en que el realizador trata esos temas ha dejado una impronta en cineastas posteriores. Cuando vemos al personaje de Dirk Diggler (Mark Whalberg) mirándose al espejo, y esperando una segunda oportunidad de vida, en la secuencia final de Boogie Nights (1997), la excelente película de Paul Thomas Anderson, lo que hallamos es un calco de la secuencia final de Toro salvaje, lo que a la vez es un homenaje.

En los noventa, Scorsese siguió realizando grandes filmes. Buenos muchachos (Goodfellas, 1990) trasluce su talento para realizar un montaje ágil y seguir a sus personajes con travellings potentes; pero también para musicalizar a gangsters violentos y encantadores.

Su legado, por supuesto, se siente más allá de Estados Unidos. La manera en que Josué Méndez retrata a un ex combatiente de las fuerzas armadas del Perú en Días de Santiago (2004), nos trae a la memoria el protagonista de Taxi driver.

Por cierto, en la escena en que Vincent Cassel se mira al espejo en la película francesa El odio (La haine, 1995) de Mathieu Kassovitz, repite la frase más conocida de Taxi driver, salida de la boca del personaje de De Niro: “You talkin' to me?”. Qué curioso. Cuando los cineastas usan a sus personajes para verse en el espejo, encuentran el reflejo de Scorsese.




lunes, 13 de enero de 2014

Las criaturas de "El Hobbit: la desolación de Smaug"



Comparativamente, es cierto que las dos primeras películas de la saga "El Hobbit" no son más que remedos inferiores del mundo aventurero y encantado que Peter Jackson creó en su trilogía de "El señor de los anillos". Además, sus "nuevos" personajes principales no resultan tan carismáticos como los que animaban aquellas largometrajes que le valieron al realizador neozelandés numerosas estatuillas del Oscar.

Uno sentía que "Un viaje inesperado", la primera parte de la nueva saga tolkeniana de Jackson, se alargaba con diálogos sosos y una narración poco convincente. Si bien "La desolación de Smaug" no es ni la sombra de la versión cinematográfica de "El señor de los anillos", tampoco es una mala película, posee algunas buenas secuencias (Legolas saltando de la cabeza de un enano a otra para vencer a orcos, o aquella en que los compañeros de aventura de Bilbo Baggins aparecen entre pescados, saliendo de barriles, como extraídos cómicamente de una slapstick) y muestra el talento del director para hacer que criaturas de fantasía cobren una singular vida.

Los seres zoomorfos de la última cinta del realizador son de antología porque hay algo en ellos que los hace rudos, salvajes, pero a la vez aniñados. Son como el mastodóntico gorila que Jackson creó en "King Kong" (2005), capaz de destruir edificios y a la vez amar como un chico bobo.  Cuando Bilbo se hace invisible con el anillo mientras ve a sus amigos capturados por arañas, que se desplazan como aquellos arácnidos que aparecían justamente en una famosa secuencia de la versión original de "King Kong" de 1933, uno las escucha hablar como si fueran chicos rebeldes que estuvieran a punto de jugar cruelmente con insectos.



Del mismo modo, el personaje de Beorn emerge entre los bosques a la manera de un oso inmenso, de pelaje oscuro y fauces de terror, pero al convertirse en un corpulento hombre de voz ronca, acaricia casi con ternura un pequeño ratón blanco. Lo mismo ocurre con Smaug, el gigantesco dragón al que Bilbo trata de persuadir para llevarse un objeto preciado. A pesar de su anatomía majestuosa y extraordinaria, y de sus malévolas expresiones faciales, se deja engatusar como un niño narciso, al cual se le habla de sus temibles atributos.

Quizá parte del encanto que tienen las criaturas de "La desolación de Smaug" nace de la participación de Guillermo del Toro en el guion de la película. El mexicano siempre ha mostrado en su cine la habilidad de construir simpáticos y monstruosos personajes secundarios, como el anfibio Abe Sapien de "Hellboy".


Los horripilantes y fornidos orcos de "El hobbit" en realidad no se distinguen mucho de los que aparecían en "El señor de los anillos". No obstante, siempre he preferido otras criaturas villanas del cine del neozelandés, como los alienígenas de "Bad Taste" o los zombis de "Braindead", envueltos en gags tan jocosos como viscerales. 

De cualquier modo, el final abierto de "La desolación de Smaug", con el dragón volando con un baño dorado entre las nubes, es una de las imágenes más hermosas del cine de Peter Jackson, dueño de uno de los mejores bestiarios del cine contemporáneo.

martes, 7 de enero de 2014

Los anillos del Señor Jackson

Hace pocos años publiqué en "El Dominical" del diario "El comercio" este texto sobre la trilogía cinematográfica de "El señor de los anillos" de Peter Jackson. Lo posteo a propósito del estreno reciente  de la segunda película basada en la novela "El hobbit" de J.R.R. Tolkien




Blubberhead. La historia sobre una ciudad medieval alborotada por gnomos, enanos y dragones. Esa es la película que allá por los noventa, el cineasta neozelandés Peter Jackson soñaba realizar. Quién sabe si algún día lo logrará. Tal vez sea un proyecto que ya ni le importe. Ni a él ni a nadie. Sobre todo porque, a cambio, le dieron la oportunidad de dirigir, entre los años 1999 y 2000, la adaptación de un mundo muy similar pero universalmente reconocido: la trilogía clásica de J.R.R. Tolkien.

La saga de Jackson, conformada por “La comunidad del anillo”, “Las dos torres” y “El retorno del rey”, ha recaudado más de 3.000 millones de dólares alrededor del mundo. Dos de ellas se ubican en el top 20 de las películas más taquilleras de la historia. Asimismo, obtuvieron 17 Oscars, de los cuales 11 fueron ganados por la tercera parte de la saga, lo que la convierte, junto con “Ben-Hur” y “Titanic”, en el filme que más premios de la Academia ha obtenido hasta la fecha.

Fórmula mágica

Cierto. La exitosa fórmula de la trilogía de Jackson es la misma que tuvo la saga original de “La guerra de las galaxias” de George Lucas entre los años setenta y los ochenta: explotar al máximo los avances tecnológicos en cuanto a efectos especiales para contar una historia tejida con esos valores míticos y ancestrales que encandilan al ser humano por siglos. Al igual que La Biblia y relatos orales de larga data, “La guerra de las galaxias” y “El señor de los anillos” muestran la oposición de mundos de luz y sombra, la lucha entre el bien y el mal, la tentación del poder, seres dispuestos a sacrificar la vida por su prójimo.


De cualquier forma, la saga muestra otra dimensión del talento de Jackson, ya reconocido en cintas de humor delirante y escatológico como “Braindead” (1992), en esa cruda película de adolescentes que deambulan entre la fantasía y el crimen llamada “Criaturas celestiales” (1994) o en un filme posterior y entrañable como “King Kong” (2005).



Caballeros y orcos

La saga del neozelandés plasma fabulosas secuencia de batalla, con encuadres abiertos, de agitación aérea, que descienden con temblor hacia la confrontación de caballeros y orcos, delineándola con una mirada visceral, apocalíptica, de estruendo. Además, la saga cinematográfica representa imágenes nocturnas de bosques y pantanos con una rara belleza. Son imágenes de una tenebrosa exuberancia, que brotan como una visión poética, lúgubre y encantada, inquietante y surreal. Los personajes pueden ser maniqueos, pero están diseñados, a través de sus diálogos, sus gestos, su andar, con un carisma romántico. De toda esa galería de héroes y villanos que recorre la saga, el Gollum, esa criatura enjuta, de complexión casi cadavérica, de testa exagerada, de ojos pérfidos y a la vez miedosos, que aparentan sumisión pero respiran codicia, se convirtió en uno de los personajes cinematográficos más populares de la década que acaba de pasar.

Más allá de uno u otro defecto, como la dilatación excesiva de algunas secuencias (como por ejemplo el epílogo de “El retorno del rey”), la saga cinematográfica de “El señor de los anillos” es una muestra de que el cine taquillero y de gran presupuesto no necesariamente se divorcia de una sensibilidad auténtica y personal.


sábado, 28 de diciembre de 2013

Lo mejor del 2013 (y una posdata)



Regreso a mi blog después de mucho tiempo, debido a ocupaciones académicas muy especiales y absorbentes. Ahora espero dar a este espacio la mayor frecuencia posible. Estas son mis listas de películas favoritas del 2013 sin ningún orden en particular:

Top 10: Cartelera comercial
Antes de la medianoche (Richard Linklater)
Django sin cadenas (Quentin Tarantino)
El llanero solitario (Gore Verbinski)
Amor (Michael Haneke)
Titanes del Pacífico (Guillermo del Toro)
The master (P.T. Anderson)
El conjuro (James Wan)
César debe morir (Los hermanos Taviani)
La noche más oscura (Kathryn Bigelow)
Posesión Infernal (Fede Alvarez)

Top 20: Circuito alternativo (Festivales, Internet, DVD, etc.)
Pendejos (Raúl Perrone)
Leviathan (Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel)
Copia certificada (Abbas Kiarostami)
Heli (Amat Escalante)
La jaula de oro (Diego Quemada-Diez)
Las historias que contamos (Sarah Polley)
The lunchbox (Ritesh Batra)
The act of killing (Joshua Oppenheimer)
Vidrios rotos (Victor Erice, episodio de “Centro Histórico”)
La casa Emak Bakia (Oskar Alegria)
Mapa (León Siminiani)
5 broken cameras (Emad Burnat y Guy Davidi)
Fango (José Celestino Campusano)
Locaciones: Buscando a Rusty James (Alberto Fuguet)
Passion (Brian De Palma)
A touch of sin (Zhangke Jia)
La gran belleza (Paolo Sorrentino)
Les salauds (Claire Denis)
Closed curtain (Jafar Panahi)
Soft in the head (Nathan Silver)

PD: Me sorprende de las listas de “lo mejor del 2013”, en distintos medios internacionales, la aparición recurrente de películas que me parecieron sumamente decepcionantes. No pensé que Korine pudiera hacer algo peor que “obras maestras” suyas como Gummo. Los discursos ingenuos, así como los personajes simplones y esquemáticos, de Viviendo al límite (Spring Breakers), me resultaron insufribles.

Upstream color de Shane Carruth es una cosmética y sosa marcianada sci-fi sobre chanchitos. Cómo extrañaba las películas de Babe cuando la vi.

El desconocido del lago tiene algunos momentos de logrado aire sensual, pero en esencia no es más que un thriller que avanza de forma predecible y con uno de los personajes detectives más irrisorios que alguna vez he visto en el cine. El final abierto de la película de Alain Guiraudie no es más que una coartada arty para una cinta de narración muy básica.

Frances Ha de Noah Baumbach tiene sus momentos de buenos diálogos y de cierto carisma por parte de Greta Gerwig. Aunque más recuerdo la película por una suma de escenas en las que cinematográficamente “no pasa nada”.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cine peruano: “Rocanrol 68” y “El evangelio de la carne”



Ambas son películas de estilos y búsquedas muy distintas. El nombre de la última cinta de Eduardo Mendoza de Echave nos lleva a pensar justamente en un “evangelio”, pero que no resulta ser la narración de un ser divino y mesiánico, sino de personajes terrenales, mundanos y por eso mismo carnales. El largometraje hilvana tres historias y las cruza de un modo próximo a como lo hace González Iñárritu en cintas como “Amores perros”.

Son los cuerpos los que definen a los personajes y a su destino trágico. Un policía (Giovanni Ciccia) sufre un conflicto pasional, cuida la anatomía enferma de su esposa, mientras fantasea con explorar la piel joven de una menor de edad; un hombre avanzado en años (Ismael Contreras), culpable de la muerte de varias personas en un accidente de tránsito, tatúa en su espalda la figura del “Señor de los Milagros”, y a la vez trata de ingresar a la hermandad que adora dicha imagen religiosa; un chofer de combi y barrista del club “Universitario de Deportes” (Sebastián Monteghirfo), posee las marcas de su fanatismo deportivo, con la “U” rapada en su cabeza, y carga con la culpa de tener a su “propia sangre”, su hermano, en la cárcel, por hacerlo parte de algunas actividades de su barra.

“El evangelio de la carne” narra así el “vía crucis” de seres opacos, casi a la deriva, y marcados por la culpa. Lo mejor de la película está en la fotografía mortecina, de aire luctuoso, que envuelve a sus personajes marcados por la desgracia; en la edición dinámica y vigorosa, que parece sacudirnos con esa misma fuerza del destino que pone a los personajes al borde del abismo; en la consistencia de varias actuaciones, como la de Ciccia y Contreras, pero también la de ciertos personajes secundarios, que están formidables: Lucho Cáceres como un policía de rudeza criolla (es muy bueno aquel momento, de humor tarantinesco, en que dispara de casualidad a un personaje en la boca y su primer comentario es algo así como “chucha, me buitreó”) y Cindy Díaz como una coqueta Lolita de la avenida Wilson.



Sin embargo, hay algunos aspectos en los que “El evangelio de la carne” muestra serias debilidades expresivas. Hacia el final, la película se torna demasiado enfática en su visión de una fortuna adversa, hasta el punto de tornarse absolutamente previsible. La “mala suerte” de los personajes principales se siente tan marcada, constante y evidente que uno siente ver, cerca al término del metraje, una mera acumulación de escenas de desdicha. Sebastián Monteghirfo por momentos parece olvidarse de su personaje. En ocasiones busca hablar como un chofer de combi que le gusta decir “ya pe caushita”, en otro su dejo más bien parece el de un muchacho miraflorino.

UNA COMEDIA HIPSTER E INFANTIL
“Rocanrol 68” de Gonzalo Benavente Secco, a diferencia, se aleja del tono aciago de “El evangelio de la carne” y se presenta como una comedia teenager, de espíritu pop. Tres adolescentes piensan en cómo conquistar chicas en el barrio de La Punta, año 1968. Los personajes masculinos más importantes de la película reflejan la multiplicidad de referencias con las que juega: Manolo (Sergio Gjurinovic) es el muchacho que aprecia su vida como una fuera una película; Guille (Jesús Alzamora) es el chico obsesionado con el rock; y Bobby (Manuel Gold) es el amigo de movimientos cómicos y bufonescos, que parece salido de algún slapstick o cartoon.

La fotografía está dotada de tonos blanquecinos, como si imitara la calidad de algunas viejas imágenes deterioradas por el tiempo pero guardadas con afecto. Sin embargo, el largometraje enfatiza su carácter de artificio cinematográfico, en tanto los personajes realizan constantes referencias al mundo contemporáneo, en el que ya ha existido un presidente de raza negra en  Estados Unidos y la mujer occidental ha logrado una mayor independencia. Parte del humor de “Rocanrol 68” consiste en palabras dichas con velocidad de screwball comedy, y asociadas a lo distinta que es nuestra vida en comparación con aquella de fines de los sesenta, pero también en el candor con que homenajea a películas o músicos.   

Cuando vemos que aquellos personajes guardan silencio con Emma (Mariananda Schemp) y se suspende el sonido de toda película, y que a continuación realizan un baile en el “Tip Top” de la avenida Arenales, en clara referencia a “Banda aparte” de Godard; o que Manolo, según lo que recuerdo, imita con lapiceros y cajas de fósforo el “ballet” de cubiertos y panes que realiza Charles Chaplin en “La quimera de oro”, notamos guiños cinéfilos que no son realizados con pose snob, sino con la misma ingenuidad que uno siente en los protagonistas.


Algo muy similar ocurre en los homenajes melómanos. El “maoísta” interpretado por Pablo Saldarriaga trata de conquistar a Bea (Gisela Ponce de León) utilizando carteles a la manera del Bob Dylan del video “Subterranean Homesick Blues”, pero lo que vemos es un personaje que al costado de Bobby parece formar una dupla animada, de movimientos cómicamente frenéticos, extraída de la Warner Bros. Por su fisonomía y despliegue escénico, son una pareja absolutamente comparable con la de “Pinky y Cerebro”. Por eso “Rocanrol 68” es una cinta de ambiciones modestas pero que funciona como una buena comedia de entusiasmo hipster y a la vez infantil. En gran parte la película entretiene por el carisma que transmiten la mayoría de sus personajes, y a pesar de alguna escena demás, como la de Aldo Miyashiro, que peca de cliché e innecesaria.  

domingo, 27 de octubre de 2013

"Born Again": testimonio de parte


A tres décadas de un disco injustamente olvidado de Black Sabbath, y que dio vida a un videoclip que fue emitido reiteradas veces en la televisión peruana, durante el año 1983. Este es un texto escrito por un amigo que, además de dedicarse a la crítica de cine, es un amante del buen rock.

Imagen del videoclip "Trashed" de Black Sabbath


Escribe Raúl Lizarzaburu

Setiembre de 1983 en Lima. Eran tiempos sin Internet, sin DVD, sin programación por cable. Gerardo Manuel hacía un breve paso por Canal 9, que convirtió a Disco Club en el Club Nueve unos meses, aunque manteniendo su característica cortina musical al comienzo y al final: AC/DC y Paul McCartney. La televisión por UHF daba sus primeros pasos en nuestro país. Las ultimitas en rock, sobre todo el más caleta, el heavy y el progresivo que no pasaban otras radios, las traía Doble Nueve y, en menor medida, Miraflores. Y con ellas algo que entonces parecía increíble: Black Sabbath se reunía con uno de los más grandes vocalistas del hard rock, Ian Gillan, para lanzar su álbum Born Again, el de la criatura monstruosa en la tapa, con un sonido demoledor, más fuerte que el de cualquier otro trabajo de la banda. Y un gran nivel que quizá no ha tenido el reconocimiento que merece.

Pero vamos por partes. En 1979, un a decir de sus propios compañeros autodestructivo Ozzy Osbourne deja Black Sabbath luego del álbum Never Say Die (que sorprendió con un sonido más melódico, en temas como Junior’s Eyes o Johnny Blade, con sintetizadores), para iniciar su carrera solista con el álbum Blizzard of Ozz y el aporte invalorable del guitarrista Randy Rhoads, fallecido prematuramente. Black Sabbath ocuparía su lugar con el ex vocalista de Rainbow, el hoy finado Ronnie James Dio, quizá con mejores recursos vocales que Ozzy pero sin su aporte creativo y, en especial, sin su imagen. Con él grabarían dos interesantes discos en estudio (Heaven and Hell, Mob Rules) y uno en vivo (Live Evil) en el que interpreta temas de Ozzy, lo que generó opiniones encontradas, y luego del cual Dio y el baterista Vinnie Appice abandonan el grupo, lo que marcaría el retorno de Bill Ward, fundador de Sabbath, junto a sus viejos compañeros Tony Iommi y Geezer Butler en la guitarra y el bajo.

¿Y los temas del Born Again? Ninguno sobra. Comienza con el vértigo de Trashed (y un video que era programado en horario adulto). Stonehenge es uno de los dos instrumentales cortos del disco: su sonido de filme de terror termina con unos latidos que dan paso a los alaridos y carcajadas de Gillan —alternados con un perfecto compás y una letra delirante— en Disturbing the Priest. El otro instrumental breve, The Dark, que hace honor al nombre, empalma con un temazo: Zero the Hero, con un prolongado solo de guitarra de Iommi, que debe ser uno de los mejores de su carrera en estudio. Aparte de Trashed, el otro single de promoción era el potente Digital Bitch, rayano en el metal. Born Again, el tema principal, trae reminiscencias de Santana (percusión incluida) para cerrar con Hot Line, en el que también se lucen Gillan y la zurda prodigiosa de Iommi, y Keep It Warm, más cercano al estilo clásico de Sabbath.

En octubre de 1983, el Born Again alcanzaría el puesto 29 en EE UU y un más auspicioso puesto 4 en Inglaterra (*), pero no bastó para que Gillan se quedara en la banda. En 1984 se reincorporaría al grupo que lo consagró, Deep Purple, para su vuelta con el disco Perfect Strangers y su mejor formación, al lado de Blackmore, Glover, Paice y Lord. Tony Iommi grabaría como solista, pero bajo el ala de Sabbath, el regularón álbum Seventh Star, mientras el cuarteto entraba en un largo silencio. Su segundo aire con la formación original luego de varios años es ya otra historia.

* Fuente: Book of Rock Stars, Guinness Books

lunes, 21 de octubre de 2013

Sobre “Pesadilla en la calle Elm” (y su proyección en UVK Larcomar)



Si bien las proyecciones de varios clásicos en la sala de arte de UVK Larcomar no son en formato DCP, sino, hasta donde tengo entendido, desde un blu-ray, la calidad de imagen y sonido terminan siendo impresionantes. Nos dejan apreciar las películas en su máxima expresión posible, al menos dentro de nuestro país.

Ese es el caso de “Pesadilla en la calle Elm” (1984) de Wes Craven, reestrenada el último jueves. Ante la calidad de proyección, he podido disfrutar aún más de sus virtudes. Y una de ellas es su trabajo con el sonido. El inicio de la película es impresionante, con esos planos de detalle de las manos sucias de Freddy Krueger, aquel sujeto al que se le prendió fuego por abusar de varios niños y asesinarlos. Ceremoniosamente, elabora las cuchillas de su guante, con las que raspará tuberías viejas y máquinas humeantes, que parecen calderas extraídas de algún relato encantado, y creará ruidos que se sienten como chillidos metálicos.  

El hombre de piel quemada, con sombrero y jersey a rayas, busca ser como una bruja que hervirá los sueños de adolescentes, para así alimentarse de ellos. En medio de ese territorio onírico, en el que camina un cordero entre sombras (toda una reminiscencia del cine de Buñuel), se suceden otros sonidos inquietantes: una aparente canción de cuna de melodía tétrica; los jadeos de Freddy, que susurra el nombre de la adolescente que persigue; el rasgado de telas viejas; balidos y llantos de niños.

Que se mezclen aquellos sonidos animales con infantiles, refleja a los menores de edad como corderos a sacrificar por una nueva deidad. No es casualidad que en una de las escenas, Krueger le diga al personaje de Tina (Amanda Wyss), mientras acerca las cuchillas de su guante a su otra mano: “this is God”, procediendo a cortar sus propios dedos. Como un dios, el monstruoso personaje está dotado del arte de la omnipresencia, aparece y desaparece en cualquier rincón, en los sueños o en la realidad.

Cuando el personaje de Nancy (Heather Langenkamp) se queda dormido en su clase de Literatura, se escucha a un compañero suyo leer fragmentos de un libro de William Shakespeare. El dramaturgo inglés tiene una obra en la cual más de un personaje se pregunta por su relación entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, el que se siente mientras uno tiene los ojos cerrados, al soñar, o aquel que percibimos cuando los tenemos abiertos. Así, en otro pasaje onírico del filme, la protagonista ve el cuerpo de Tina encerrado en un bolso transparente de morgue, manchado de sangre, pero parado como si fuera una réplica de alguna imagen de la Virgen María, profanada con insectos que salen de su boca. Por todo ello, el serial killer posee una ubicuidad de macabro aire religioso.

“Pesadilla en la calle Elm” es cruda y violenta, con algunas imágenes espectaculares, como la de Jhonny Depp siendo absorbido por su cama y licuado, convertido en un chorro de sangre que explota sobre el techo de su habitación. Sin embargo, los momentos más gore de la cinta suelen ser precedidos por no solo por aquellos sonidos escalofriantes, sino por una atmósfera tenebrosa, de sombras que se proyectan como provenientes de alguna cinta fantástica de Jacques Tourneur. Las escenas más brillantes de la cinta son aquellas en las cuales Freddy Krueger emerge de una oscuridad fantasmal, como un cuco de brazos que mutan en tentáculos gigantescos, o que corta su carne para revelar sus entrañas viscosas y nauseabundas. El mal en la película se sugiere en encuadres lóbregos, que avanzan con movilidad laberíntica, para finalmente aparecer con brutalidad.

Una serie de escenas y giros narrativos de “Pesadilla en la calle Elm” le deben mucho a Alfred Hitchcock. Al inicio del filme, Tina parece ser quien será la protagonista, sin embargo muere a la media hora de avanzada la película.  Por otro lado, en una secuencia, Nancy es atacada en una bañera. Los recuerdos de una Janet Leigh, destinada a ser la protagonista de todo el metraje de “Psicosis” pero muerta a la mitad, y además atacada en un espacio tan íntimo como el baño, vienen a nuestra memoria cuando vemos el mítico filme de Wes Craven. Pero la cinta que mostró por primera vez a Freddy Krueger tiene otros ingredientes que la hacen única.