lunes, 3 de marzo de 2014

Cine e Inteligencia Artificial: entre la razón y la pasión



A propósito del estreno de la película “Her” de Spike Jonze, ganadora de un Oscar, revisamos aquellas cintas en las cuales se muestran seres de inteligencia artificial con la capacidad de razonar e incluso amar. Esta es la versión "uncut" de un texto publicado ayer en el suplemento "El dominical" del diario "El comercio" titulado "Enamorados de las máquinas".


La Inteligencia Artificial abarca el sueño de ir creando no solo seres tecnológicos que razonen como nosotros, los humanos, sino que además puedan tener sentimientos, emociones, afectos.  Y el cine desde sus inicios ha sido espejo de esa fantasía que hoy parece empezar a llegar a niveles insospechados, incluso en nuestras tabletas o smartphones que nos “hablan” como compañeros inseparables de nuestra vida. En Metrópolis (1927) de Fritz Lang, un científico crea una réplica robótica de una mujer que podría iniciar la sublevación de unos obreros explotados vilmente. Dicha creación se ve y habla como ella, pero es usada contra los intereses de aquellos trabajadores a los que dicha lideresa defiende. Frankenstein (1931) de James Whale, relata la conocida historia del doctor que, con pedazos de distintos cadáveres, crea una nuevo ser humanoide.

Ambos hombres de ciencia juegan a ser dioses, y ese desafío sacrílego termina con la quema de sus criaturas, lo que recuerda las hogueras de la Inquisición. El cine, en ese sentido, ha concentrado la visión de una humanidad temerosa de su capacidad para crear nuevas formas de vida. La robot de Metrópolis es el antecedente de otras películas en las cuales la aparición de tecnologías inteligentes forma parte de un conflicto de poder, como sucede en Alphaville (1965) de Jean-Luc Godard, en la que un doctor manipula una ciudad a través de un sistema de Inteligencia Artificial llamado Alpha 60, de voz fría y mecánica, y que contrasta con la del personaje de Anna Karina, quien humanamente recita versos de Paul Eluard. Algo similar ocurre con la computadora HAL 9000 de 2001, Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, que se rebela ante la posibilidad de que los ocupantes de la nave Discovery lo desconecten.

EL AMOR Y LAS MÁQUINAS
Sin embargo, HAL 9000, a pesar que lucha por su supervivencia, se presenta con una voz puramente lógica y racional. Más bien, en una serie de cintas de sensibilidad cyberpunk de inicios de los ochenta aparecen personajes “tecnológicos” que se muestran más emocionales. En Blade Runner (1982) de Ridley Scott aparecen los llamados “replicantes”, unos seres artificiales de conducta y apariencia humanas que luchan por su libertad y reflexionan sobre sus propias condiciones de vida. Aquella escena en la cual el protagonista interpretado por Harrison Ford está a punto de caer desde lo alto de un edificio, muestra al replicante encarnado por Rutger Hauer salvándole la vida, expresando a la vez fascinación por ella.

Una de las secuencias más emotivas de Blade Runner es aquella en la cual el personaje de Ford escucha una hermosa interpretación de piano de la replicante Rachael (Sean Young), ante lo cual no puede resistir besar sus labios, y ella expresa deseo por él mientras lo mira. Sin embargo, Videodrome (1983) expone una sensibilidad maquinal que llega a niveles de erotismo duro. En una escena, Max Renn (James Woods), dueño de un canal de televisión que padece de estados alucinatorios, ve en la pantalla de su TV los labios de una irresistible mujer. Así, el aparato se inflama, notándose en su superficie venas similares a las humanas, y jadea con la voz de aquella fémina.


Por ello, el cine encuentra en estos seres tecnológicos de reacciones humanas medios de placer, que es lo que sucede con el “Gigolo Joe” (Jude Law) de Inteligencia Artificial (2001) de Steven Spielberg, un robot dedicado a la prostitución y que es capaz de complacer de manera formidable a sus clientas. Por su parte, David, el niño humanoide interpretado por Haley Joel Osment, está más próximo a la visión de los replicantes de Blade Runner: un ser que muestra la capacidad de expresar emociones aún más poderosas que las de los propios humanos, iniciando una viaje  de cuento de hadas para reencontrarse con aquella madre que alguna vez lo adoptó como reemplazo de un hijo que perdió.

ROMANCES DE BOLSILLO
En ese sentido, Her (2013) de Spike Jonze, a diferencia, es la película que está más cerca de aquella visión de una tecnología “inteligente” y “portátil” que experimentamos hoy en día con los iPhones y otros aparatos semejantes. Theodore (Joaquin Phoenix), después de sufrir la ruptura de una larga relación amorosa, adquiere un sistema operativo que se convierte en su nueva compañía: se llama Samantha, le habla con la voz sensual de Scarlett Johansson, y llega a desarrollar emociones, hasta el punto de enamorarse de él.


Esa calidez en la relación que existe entre Theodore y Samantha se ve reflejada en esa dirección artística de colores vivos, con un protagonista de bigote de otra época y gafas vintage. La película está marcada por una acabado visual hipster, pero que plasma con tierno entusiasmo el romance entre el protagonista y su “máquina”, como en aquella escena en que él la pasea juguetonamente en el bolsillo de su camisa, al interior de un metro. Aunque, en un final poco convincente, se reivindican las relaciones entre humanos y se muestra a aquel sistema operativo casi de forma tan riesgosa o amenazante como un Alpha 60 o un HAL 9000.     

jueves, 6 de febrero de 2014

Revista "Ventana Indiscreta" N° 10 sobre erotismo a la venta



La podrán encontrar en las librerías “El Virrey” y “San Cristóbal” a 20 soles, y en la librería Libún de la Universidad de Lima (Pabellón V) a 14 soles.
El deseo por ver, esa pulsión escópica que convierte a una pantalla en ventana indiscreta, por medio de la cual vemos como a escondidas, entre sombras, lo que otros hacen, explica las múltiples representaciones audiovisuales de lo erótico. La esencia voyeurística del cine permite que haya proyectado con frecuencia imágenes y sonidos de cuerpos que se desvisten y se unen sexualmente, hasta el extremo desbordante, y a veces sádico, de la lujuria.

Por ello, esta nueva edición aborda el erotismo desde múltiples perspectivas, revisa cómo se presenta en el cine de David Cronenberg o Paul Verhoeven, de Pedro Almodóvar o Wong Kar-wai, de Tsai Ming-liang o Carlos Reygadas; en el cine experimental o porno; o en géneros como el terror o la comedia. También se aproxima a algunas escenas de sexo que han caracterizado al cine peruano, y a cómo directores clásicos como Hitchcock, Masumura o Rohmer expresan en sus cintas el profundo vínculo que hay entre el erotismo y el goce con lo prohibido.

En ese sentido, este número de "Ventana Indiscreta" explora también representaciones eróticas de otros tiempos, como la picaresca italiana de los años setenta, la sexualidad explícita de "El imperio de los sentidos" de Nagisa Oshima, o la construcción de bombas sexuales en el Hollywood clásico, como la mítica Marilyn Monroe.

Uno de las obras comentadas en este número, es la del tailandés Apichatpong Weerasethakul, de quien además recogimos algunas palabras en su paso por Perú hace meses. Ellas, por cierto, y entre otras cosas, se refieren al supuesto erotismo que aparece en una de sus cintas, la ganadora de la Palma de Oro "El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas". Así, esta nueva entrega de "Ventana Indiscreta" está dedicada a uno de esos extraños placeres que caracterizan al acto de ver cine.


SE AGRADECE LA DIFUSION
Contacto: Jose Carlos Cabrejo, editor
E-mail: jccabrejo@gmail.com

jueves, 23 de enero de 2014

La violencia y la fe: El cine de Martin Scorsese



Este es un texto sobre la violencia, la religión y la infuencia del cine de Martin Scorsese, que publiqué hace un par de años en "El dominical" del diario "El comercio".

Martin Scorsese, junto con directores como Allen, Coppola o De Palma, perteneció al “Nuevo Hollywood”. Fue un movimiento surgido a fines de los años sesenta, que renovó los modos de producción y realización que caracterizaron a los grandes estudios norteamericanos en años anteriores.

Uno de los primeros clásicos de este cineasta de ascendencia italiana, Calles peligrosas (Mean streets,1973), exhibe varios de los rasgos de las películas del “Nuevo Hollywood” y del estilo que lo ha convertido en el director legendario que ahora es. Es una cinta que revisa la tradición del cine norteamericano, mostrando a un protagonista (interpretado por Harvey Keitel) que, como muchos personajes del cine negro, vive tormentos psicológicos. Oscila entre sus vínculos con la mafia y su fe religiosa. Los personajes del filme recuerdan esa gestualidad brusca, esa violencia física, esas reacciones toscas, que vemos en el cine de Elia Kazan.

Sin embargo, Scorsese logró con Calles peligrosas, al igual que muchos de sus contemporáneos del “Nuevo Hollywood” con sus propias películas, plasmar su gusto por el neorrealismo italiano y la nueva ola francesa. Algunas de las escenas de la cinta se desarrollan en ambientes y actividades reales, como las imágenes de la luminosa y musical celebración de San Gennaro. Ciertos personajes, a pesar de su dimensión criminal, tienen un aire infantil, como ocurre con muchos de los que habitan los filmes de François Truffaut.

EN LA MARGINALIDAD
Uno de los hitos de Scorsese es Taxi driver (1976), una película sobre un ex soldado de Vietnam con alteraciones mentales (soberbiamente interpretado por Robert De Niro), que labora como taxista en las calles sórdidas y decadentes de Nueva York. La cinta es una muestra de la capacidad de Scorsese para crear personajes tan fuertes y memorables, que a pesar de vivir más allá de la ley, nos resultan carismáticos y entrañables.

Quentin Tarantino, un fan confeso de Taxi driver, revela en su obra una influencia del cine de Scorsese, por convertir en seres simpáticos a personajes abyectos y homicidas; pero también por su violencia gráfica, explícita, gore. Taxi driver, mucho antes que películas como Perros del depósito oTiempos violentos, tomó esa estética propia de las cintas de explotación, bañadas con chorros de sangre, para transformarla en marca de estilo de un cine muy personal.

A pesar de ese costado áspero que caracteriza al cine de Martin, fluye en muchas de sus películas una energía espiritual. Toro salvaje (Raging bull, 1981), para muchos su obra mayor, muestra a un boxeador (encarnado de forma nuevamente genial por De Niro) invadido por una fuerza bruta pero a la vez masoquista. En las calles y en su casa se porta de forma ruda, como un mal hombre; sin embargo, en el ring, los encuadres en blanco y negro esculpen su cuerpo de forma crística. Es expuesto como en una vía crucis, padeciendo, a través de ceremoniosos ralentíes, golpes salvajes, hasta el extremo de la sumisión. Scorsese nos dice con sus imágenes lo que piensa: el dolor es una forma de alcanzar la salvación por nuestros pecados.


SCORSESE EN EL ESPEJO
Muchas de las grandes películas de Scorsese tratan justamente sobre la culpa y la redención. Y la forma en que el realizador trata esos temas ha dejado una impronta en cineastas posteriores. Cuando vemos al personaje de Dirk Diggler (Mark Whalberg) mirándose al espejo, y esperando una segunda oportunidad de vida, en la secuencia final de Boogie Nights (1997), la excelente película de Paul Thomas Anderson, lo que hallamos es un calco de la secuencia final de Toro salvaje, lo que a la vez es un homenaje.

En los noventa, Scorsese siguió realizando grandes filmes. Buenos muchachos (Goodfellas, 1990) trasluce su talento para realizar un montaje ágil y seguir a sus personajes con travellings potentes; pero también para musicalizar a gangsters violentos y encantadores.

Su legado, por supuesto, se siente más allá de Estados Unidos. La manera en que Josué Méndez retrata a un ex combatiente de las fuerzas armadas del Perú en Días de Santiago (2004), nos trae a la memoria el protagonista de Taxi driver.

Por cierto, en la escena en que Vincent Cassel se mira al espejo en la película francesa El odio (La haine, 1995) de Mathieu Kassovitz, repite la frase más conocida de Taxi driver, salida de la boca del personaje de De Niro: “You talkin' to me?”. Qué curioso. Cuando los cineastas usan a sus personajes para verse en el espejo, encuentran el reflejo de Scorsese.




lunes, 13 de enero de 2014

Las criaturas de "El Hobbit: la desolación de Smaug"



Comparativamente, es cierto que las dos primeras películas de la saga "El Hobbit" no son más que remedos inferiores del mundo aventurero y encantado que Peter Jackson creó en su trilogía de "El señor de los anillos". Además, sus "nuevos" personajes principales no resultan tan carismáticos como los que animaban aquellas largometrajes que le valieron al realizador neozelandés numerosas estatuillas del Oscar.

Uno sentía que "Un viaje inesperado", la primera parte de la nueva saga tolkeniana de Jackson, se alargaba con diálogos sosos y una narración poco convincente. Si bien "La desolación de Smaug" no es ni la sombra de la versión cinematográfica de "El señor de los anillos", tampoco es una mala película, posee algunas buenas secuencias (Legolas saltando de la cabeza de un enano a otra para vencer a orcos, o aquella en que los compañeros de aventura de Bilbo Baggins aparecen entre pescados, saliendo de barriles, como extraídos cómicamente de una slapstick) y muestra el talento del director para hacer que criaturas de fantasía cobren una singular vida.

Los seres zoomorfos de la última cinta del realizador son de antología porque hay algo en ellos que los hace rudos, salvajes, pero a la vez aniñados. Son como el mastodóntico gorila que Jackson creó en "King Kong" (2005), capaz de destruir edificios y a la vez amar como un chico bobo.  Cuando Bilbo se hace invisible con el anillo mientras ve a sus amigos capturados por arañas, que se desplazan como aquellos arácnidos que aparecían justamente en una famosa secuencia de la versión original de "King Kong" de 1933, uno las escucha hablar como si fueran chicos rebeldes que estuvieran a punto de jugar cruelmente con insectos.



Del mismo modo, el personaje de Beorn emerge entre los bosques a la manera de un oso inmenso, de pelaje oscuro y fauces de terror, pero al convertirse en un corpulento hombre de voz ronca, acaricia casi con ternura un pequeño ratón blanco. Lo mismo ocurre con Smaug, el gigantesco dragón al que Bilbo trata de persuadir para llevarse un objeto preciado. A pesar de su anatomía majestuosa y extraordinaria, y de sus malévolas expresiones faciales, se deja engatusar como un niño narciso, al cual se le habla de sus temibles atributos.

Quizá parte del encanto que tienen las criaturas de "La desolación de Smaug" nace de la participación de Guillermo del Toro en el guion de la película. El mexicano siempre ha mostrado en su cine la habilidad de construir simpáticos y monstruosos personajes secundarios, como el anfibio Abe Sapien de "Hellboy".


Los horripilantes y fornidos orcos de "El hobbit" en realidad no se distinguen mucho de los que aparecían en "El señor de los anillos". No obstante, siempre he preferido otras criaturas villanas del cine del neozelandés, como los alienígenas de "Bad Taste" o los zombis de "Braindead", envueltos en gags tan jocosos como viscerales. 

De cualquier modo, el final abierto de "La desolación de Smaug", con el dragón volando con un baño dorado entre las nubes, es una de las imágenes más hermosas del cine de Peter Jackson, dueño de uno de los mejores bestiarios del cine contemporáneo.

martes, 7 de enero de 2014

Los anillos del Señor Jackson

Hace pocos años publiqué en "El Dominical" del diario "El comercio" este texto sobre la trilogía cinematográfica de "El señor de los anillos" de Peter Jackson. Lo posteo a propósito del estreno reciente  de la segunda película basada en la novela "El hobbit" de J.R.R. Tolkien




Blubberhead. La historia sobre una ciudad medieval alborotada por gnomos, enanos y dragones. Esa es la película que allá por los noventa, el cineasta neozelandés Peter Jackson soñaba realizar. Quién sabe si algún día lo logrará. Tal vez sea un proyecto que ya ni le importe. Ni a él ni a nadie. Sobre todo porque, a cambio, le dieron la oportunidad de dirigir, entre los años 1999 y 2000, la adaptación de un mundo muy similar pero universalmente reconocido: la trilogía clásica de J.R.R. Tolkien.

La saga de Jackson, conformada por “La comunidad del anillo”, “Las dos torres” y “El retorno del rey”, ha recaudado más de 3.000 millones de dólares alrededor del mundo. Dos de ellas se ubican en el top 20 de las películas más taquilleras de la historia. Asimismo, obtuvieron 17 Oscars, de los cuales 11 fueron ganados por la tercera parte de la saga, lo que la convierte, junto con “Ben-Hur” y “Titanic”, en el filme que más premios de la Academia ha obtenido hasta la fecha.

Fórmula mágica

Cierto. La exitosa fórmula de la trilogía de Jackson es la misma que tuvo la saga original de “La guerra de las galaxias” de George Lucas entre los años setenta y los ochenta: explotar al máximo los avances tecnológicos en cuanto a efectos especiales para contar una historia tejida con esos valores míticos y ancestrales que encandilan al ser humano por siglos. Al igual que La Biblia y relatos orales de larga data, “La guerra de las galaxias” y “El señor de los anillos” muestran la oposición de mundos de luz y sombra, la lucha entre el bien y el mal, la tentación del poder, seres dispuestos a sacrificar la vida por su prójimo.


De cualquier forma, la saga muestra otra dimensión del talento de Jackson, ya reconocido en cintas de humor delirante y escatológico como “Braindead” (1992), en esa cruda película de adolescentes que deambulan entre la fantasía y el crimen llamada “Criaturas celestiales” (1994) o en un filme posterior y entrañable como “King Kong” (2005).



Caballeros y orcos

La saga del neozelandés plasma fabulosas secuencia de batalla, con encuadres abiertos, de agitación aérea, que descienden con temblor hacia la confrontación de caballeros y orcos, delineándola con una mirada visceral, apocalíptica, de estruendo. Además, la saga cinematográfica representa imágenes nocturnas de bosques y pantanos con una rara belleza. Son imágenes de una tenebrosa exuberancia, que brotan como una visión poética, lúgubre y encantada, inquietante y surreal. Los personajes pueden ser maniqueos, pero están diseñados, a través de sus diálogos, sus gestos, su andar, con un carisma romántico. De toda esa galería de héroes y villanos que recorre la saga, el Gollum, esa criatura enjuta, de complexión casi cadavérica, de testa exagerada, de ojos pérfidos y a la vez miedosos, que aparentan sumisión pero respiran codicia, se convirtió en uno de los personajes cinematográficos más populares de la década que acaba de pasar.

Más allá de uno u otro defecto, como la dilatación excesiva de algunas secuencias (como por ejemplo el epílogo de “El retorno del rey”), la saga cinematográfica de “El señor de los anillos” es una muestra de que el cine taquillero y de gran presupuesto no necesariamente se divorcia de una sensibilidad auténtica y personal.


sábado, 28 de diciembre de 2013

Lo mejor del 2013 (y una posdata)



Regreso a mi blog después de mucho tiempo, debido a ocupaciones académicas muy especiales y absorbentes. Ahora espero dar a este espacio la mayor frecuencia posible. Estas son mis listas de películas favoritas del 2013 sin ningún orden en particular:

Top 10: Cartelera comercial
Antes de la medianoche (Richard Linklater)
Django sin cadenas (Quentin Tarantino)
El llanero solitario (Gore Verbinski)
Amor (Michael Haneke)
Titanes del Pacífico (Guillermo del Toro)
The master (P.T. Anderson)
El conjuro (James Wan)
César debe morir (Los hermanos Taviani)
La noche más oscura (Kathryn Bigelow)
Posesión Infernal (Fede Alvarez)

Top 20: Circuito alternativo (Festivales, Internet, DVD, etc.)
Pendejos (Raúl Perrone)
Leviathan (Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel)
Copia certificada (Abbas Kiarostami)
Heli (Amat Escalante)
La jaula de oro (Diego Quemada-Diez)
Las historias que contamos (Sarah Polley)
The lunchbox (Ritesh Batra)
The act of killing (Joshua Oppenheimer)
Vidrios rotos (Victor Erice, episodio de “Centro Histórico”)
La casa Emak Bakia (Oskar Alegria)
Mapa (León Siminiani)
5 broken cameras (Emad Burnat y Guy Davidi)
Fango (José Celestino Campusano)
Locaciones: Buscando a Rusty James (Alberto Fuguet)
Passion (Brian De Palma)
A touch of sin (Zhangke Jia)
La gran belleza (Paolo Sorrentino)
Les salauds (Claire Denis)
Closed curtain (Jafar Panahi)
Soft in the head (Nathan Silver)

PD: Me sorprende de las listas de “lo mejor del 2013”, en distintos medios internacionales, la aparición recurrente de películas que me parecieron sumamente decepcionantes. No pensé que Korine pudiera hacer algo peor que “obras maestras” suyas como Gummo. Los discursos ingenuos, así como los personajes simplones y esquemáticos, de Viviendo al límite (Spring Breakers), me resultaron insufribles.

Upstream color de Shane Carruth es una cosmética y sosa marcianada sci-fi sobre chanchitos. Cómo extrañaba las películas de Babe cuando la vi.

El desconocido del lago tiene algunos momentos de logrado aire sensual, pero en esencia no es más que un thriller que avanza de forma predecible y con uno de los personajes detectives más irrisorios que alguna vez he visto en el cine. El final abierto de la película de Alain Guiraudie no es más que una coartada arty para una cinta de narración muy básica.

Frances Ha de Noah Baumbach tiene sus momentos de buenos diálogos y de cierto carisma por parte de Greta Gerwig. Aunque más recuerdo la película por una suma de escenas en las que cinematográficamente “no pasa nada”.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cine peruano: “Rocanrol 68” y “El evangelio de la carne”



Ambas son películas de estilos y búsquedas muy distintas. El nombre de la última cinta de Eduardo Mendoza de Echave nos lleva a pensar justamente en un “evangelio”, pero que no resulta ser la narración de un ser divino y mesiánico, sino de personajes terrenales, mundanos y por eso mismo carnales. El largometraje hilvana tres historias y las cruza de un modo próximo a como lo hace González Iñárritu en cintas como “Amores perros”.

Son los cuerpos los que definen a los personajes y a su destino trágico. Un policía (Giovanni Ciccia) sufre un conflicto pasional, cuida la anatomía enferma de su esposa, mientras fantasea con explorar la piel joven de una menor de edad; un hombre avanzado en años (Ismael Contreras), culpable de la muerte de varias personas en un accidente de tránsito, tatúa en su espalda la figura del “Señor de los Milagros”, y a la vez trata de ingresar a la hermandad que adora dicha imagen religiosa; un chofer de combi y barrista del club “Universitario de Deportes” (Sebastián Monteghirfo), posee las marcas de su fanatismo deportivo, con la “U” rapada en su cabeza, y carga con la culpa de tener a su “propia sangre”, su hermano, en la cárcel, por hacerlo parte de algunas actividades de su barra.

“El evangelio de la carne” narra así el “vía crucis” de seres opacos, casi a la deriva, y marcados por la culpa. Lo mejor de la película está en la fotografía mortecina, de aire luctuoso, que envuelve a sus personajes marcados por la desgracia; en la edición dinámica y vigorosa, que parece sacudirnos con esa misma fuerza del destino que pone a los personajes al borde del abismo; en la consistencia de varias actuaciones, como la de Ciccia y Contreras, pero también la de ciertos personajes secundarios, que están formidables: Lucho Cáceres como un policía de rudeza criolla (es muy bueno aquel momento, de humor tarantinesco, en que dispara de casualidad a un personaje en la boca y su primer comentario es algo así como “chucha, me buitreó”) y Cindy Díaz como una coqueta Lolita de la avenida Wilson.



Sin embargo, hay algunos aspectos en los que “El evangelio de la carne” muestra serias debilidades expresivas. Hacia el final, la película se torna demasiado enfática en su visión de una fortuna adversa, hasta el punto de tornarse absolutamente previsible. La “mala suerte” de los personajes principales se siente tan marcada, constante y evidente que uno siente ver, cerca al término del metraje, una mera acumulación de escenas de desdicha. Sebastián Monteghirfo por momentos parece olvidarse de su personaje. En ocasiones busca hablar como un chofer de combi que le gusta decir “ya pe caushita”, en otro su dejo más bien parece el de un muchacho miraflorino.

UNA COMEDIA HIPSTER E INFANTIL
“Rocanrol 68” de Gonzalo Benavente Secco, a diferencia, se aleja del tono aciago de “El evangelio de la carne” y se presenta como una comedia teenager, de espíritu pop. Tres adolescentes piensan en cómo conquistar chicas en el barrio de La Punta, año 1968. Los personajes masculinos más importantes de la película reflejan la multiplicidad de referencias con las que juega: Manolo (Sergio Gjurinovic) es el muchacho que aprecia su vida como una fuera una película; Guille (Jesús Alzamora) es el chico obsesionado con el rock; y Bobby (Manuel Gold) es el amigo de movimientos cómicos y bufonescos, que parece salido de algún slapstick o cartoon.

La fotografía está dotada de tonos blanquecinos, como si imitara la calidad de algunas viejas imágenes deterioradas por el tiempo pero guardadas con afecto. Sin embargo, el largometraje enfatiza su carácter de artificio cinematográfico, en tanto los personajes realizan constantes referencias al mundo contemporáneo, en el que ya ha existido un presidente de raza negra en  Estados Unidos y la mujer occidental ha logrado una mayor independencia. Parte del humor de “Rocanrol 68” consiste en palabras dichas con velocidad de screwball comedy, y asociadas a lo distinta que es nuestra vida en comparación con aquella de fines de los sesenta, pero también en el candor con que homenajea a películas o músicos.   

Cuando vemos que aquellos personajes guardan silencio con Emma (Mariananda Schemp) y se suspende el sonido de toda película, y que a continuación realizan un baile en el “Tip Top” de la avenida Arenales, en clara referencia a “Banda aparte” de Godard; o que Manolo, según lo que recuerdo, imita con lapiceros y cajas de fósforo el “ballet” de cubiertos y panes que realiza Charles Chaplin en “La quimera de oro”, notamos guiños cinéfilos que no son realizados con pose snob, sino con la misma ingenuidad que uno siente en los protagonistas.


Algo muy similar ocurre en los homenajes melómanos. El “maoísta” interpretado por Pablo Saldarriaga trata de conquistar a Bea (Gisela Ponce de León) utilizando carteles a la manera del Bob Dylan del video “Subterranean Homesick Blues”, pero lo que vemos es un personaje que al costado de Bobby parece formar una dupla animada, de movimientos cómicamente frenéticos, extraída de la Warner Bros. Por su fisonomía y despliegue escénico, son una pareja absolutamente comparable con la de “Pinky y Cerebro”. Por eso “Rocanrol 68” es una cinta de ambiciones modestas pero que funciona como una buena comedia de entusiasmo hipster y a la vez infantil. En gran parte la película entretiene por el carisma que transmiten la mayoría de sus personajes, y a pesar de alguna escena demás, como la de Aldo Miyashiro, que peca de cliché e innecesaria.